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EL BAUL Y EL COFRE

EL BAUL Y EL COFRE

LEMUEL

La campana avisaba al plantel el descanso diario de una hora; esto hacía que como resortes saltáramos de los pupitres, corriéramos por el pasillo y empujándonos tratáramos de alcanzar rápidamente uno de los baños. Con afán logré entrar a un orinal de los treinta y tantos que tenía el patio de juegos, ajusté la puerta y me disponía a bajar el cierre pero en ese momento, oí del túnel oscuro de ventilación salir un sonido como de una puerta que se abría. Sentí una presencia extraña que me paralizó y pasaron casi diez minutos en los que no lograba moverme; percibí algo que entró de repente en mi cuerpo; volví en mí al oír que casi tumbaban la puerta. Tan pronto como terminé salí.

 

Me fui a jugar al micro fútbol. Ese día jugué como nunca, sentía una fuerza extra conmigo. Al terminar el recreo, ingresamos en la clase y sin saber cómo empecé a contestar preguntas que hacía el profesor de matemáticas como si fuera una especie de genio numérico. En adelante, seguí frecuentando ese baño todos los días y algunas veces hacía oraciones como: “bañito lindo, ayúdame con esta previa porque no estudié”. Solamente dibujaba la figura del interior de aquel baño en una esquina de la hoja y, como por arte de magia obtenía un cinco. Sin saber, había abierto un baúl a lo desconocido y sospeché que ya mi vida no sería normal.

 

Era la segunda vez que mi padre me negaba la cicla. El pasado año la había prometido si quedaba entre los cinco primeros de cada materia; mas al mostrarle el boletín anual donde efectivamente aparecía en un renglón de los mejores, no lo hizo argumentando que podía esforzarme aún más y quedar entre los siete alumnos de mayor aprovechamiento. Al finalizar ese año, los resultados le demostraban mi séptimo lugar; pero ahora a mi padre le pareció mejor que tenía que luchar por la terna de excelencia. Ese año obtuve el primer puesto de la  deseada terna, pero por intentar hacerle ver al director de curso la manera injusta en que hacía sus juicios, tratando con mayor consideración a algunos privilegiados hijos de senadores o ministros, me descendió al segundo lugar en donde no había beca. Ya no me importaba, yo solo pensaba en la todoterreno que me alejaría de la viruteada sabatina y en ingresar en el grupo de compañeros ciclistas que se reunían a pretender alcanzar el primer lugar del premio de segunda categoría del ascenso a Vitelma.

 

Pero no fue así. Mi padre por fin me dio la razón de por qué no iba a obtenerla. Pensaba que por lo peligroso de la travesía iba a encontrar una lesión o quizás la muerte. De nada sirvieron los boletines que cada año mostraban con fidelidad la foto de un niño con cara de inocente, que alcanzaba puestos mas altos; el mismo que desde hacía mucho tiempo atrás conocía de fuerzas superiores que le ayudaban desde lo oculto de este mundo.

 

No quise estudiar más en el Instituto y traté de terminar el bachillerato nocturno. En el día, atendía una de las librerías que tenían mis padres. En ellas vendían libros de ocultismo, magia e gnosis entre otros. Mi madre fue dejándome al frente de ella junto con dos empleados más y así podía estudiar libremente estos temas. Aprendí Quiromancia, Tarot, Cartomancia y diferentes clases de magia que practicaba con compañeros de clase quienes sorprendidos me preguntaban cómo lograba saber de sus secretos. La intuición que desarrollé muchas veces me sorprendía y en ocasiones enamoraba a amigas con ligas; un día aprovechando la “Semana Santa”, viajamos con unos cuñados a Muzo donde traté de hacer pacto con el diablo un Viernes Santo en una finca de unos abuelos de ellos. Nunca se presentó y comprendí desde entonces que el diablo viene en diferentes envolturas, menos con trinche y capa negra.

 

Contaba yo entonces diecisiete años. Me enamoré de mi novia y por cosas del destino y, de nosotros quedó embarazada.

Mi padre me ordenó averiguar un curso de pilotaje fuera de la ciudad, y mi hermana en Inglaterra ya me tenía trabajo y vivienda en Londres con la condición de que no me casara aún, pero el amor era más fuerte.

Formalizamos con mi esposa una pequeña industria casera, donde los dos trabajábamos y así recibíamos a cambio lo que ella bien nos daba para vivir. Antes de que nuestro hijo cumpliera un año, mi esposa estaba esperando de nuevo y al poco tiempo nació mi hija.

 

Al principio todo marchaba muy bien, pero cuando no hay brújula, tampoco hay norte, y por ignorar los estragos que al pasar por un hogar deja el huracán del alcohol comencé a tomar todos los días, me fui volviendo violento dejando a un lado los consejos de mis padres y más aún los del párroco en los sermones del curso prematrimonial. Mi hogar se fue convirtiendo en un infierno porque, sin motivos empecé a golpear a mi esposa y a mis hijos, culpándolos injustamente de no poder vivir mi juventud “normal” a causa de ellos.

Un domingo oscuro, en que salí a hacer deporte, cuando regresé, se habían marchado.

Mi continua forma de beber hizo que descuidara la microempresa y los clientes que había conseguido con tanto trabajo se fueron yendo uno a uno como si presagiaran la quiebra inminente. El destino también se alió y comenzó a cobrar muy caros mis errores llenando de malos influjos el interior de mi baúl.

 

Alquilé una habitación al ver que mis padres no me permitieron volver a vivir con ellos y me empleé en una empresa de artes gráficas; pero allí también estaba el demonio vestido de una forma singular: a los dos compañeros que tenía les gustaba fumar marihuana.

Una mañana, mientras esperábamos la hora de entrada nos sentamos a fumar en un parque cercano. Definitivamente no me pareció interesante, pero seguí haciéndolo para tratar de mitigar la tristeza de vivir con la soledad como mi propia sombra.

Pasaron casi dos años sorteando peligrosos puertos callejeros invadidos de maldad y enfermedades hasta que un día, sentado en un andén, vi a lo lejos a mi madre intentando cruzar una avenida y no pude evitar que mis ojos se aguaran; en ese momento, recordé su voz amorosa que hacía más de seis meses me había pedido que la llamara; yo le había prometido hacerlo, pero nunca lo hice…

-… Hola mami… ¿cómo has estado?…

-… ¿Mijo?…

Duró unos segundos tratando de asimilar el hecho de verme en ese estado y empezó a llorar. Nos abrazamos con fuerza y prometí ir ese fin de semana sin importar las reprimendas y acusaciones de mis siete hermanos que sabía me esperaban, mas el hecho de volver a ver a la mujer que más he admirado en la vida y, por supuesto la más querida, hizo que me arreglara como pude y saliera de prisa a su encuentro ese domingo.

– … ¡Joven… que gusto verlo por acá!…

– …Gracias Marlen…

Mientras mi madre llegaba a abrazarme, mis hermanos me veían como si fuera un espécimen descubierto hace poco tiempo en la luna. Mi padre bajó al rato y mirándome de arriba abajo observaba cada centímetro de mi endechada ropa y olfateando el paso de otro huracán por mi cuerpo llamado cannabis.

Él mismo me había preparado un caldo de cabeza de pescado todos los días y ordenado que me lo llevaran a la cama por desayuno durante casi un mes, cuando llamó mi amigo de andanzas David y me dijo que sería bueno aventurar conociendo otras ciudades. Yo, un poco más repuesto me paré de la cama, alisté la maleta, le pedí dinero a mi madre y salimos con mi compañero con rumbo a la aventura.

 

Nos paramos a la salida de la terminal de autobuses y sin preguntar el destino del primer bus que salía, nos subimos. Una hora más tarde ya se podía sentir el calor de algún pueblo lejano, el aroma a frutas, piscina y vestidos de baño. El ayudante caminando hacia nosotros y alzando las cejas nos preguntó hacia donde nos dirigíamos… no sabíamos… al fin le dije…:

– … ¿para donde va este bus?…

– … Villavicencio…

– … Está bien…- respondí – …para allá vamos.

 

La casa de principios de siglo adornada con ventiladores que chirriaban cuando pasábamos cerca, paredes altas pintadas de colores claros hasta la mitad y café oscuro en la parte de abajo, viajeros con un refresco en la mano y sentados a pierna suelta mirando un noticiero de medio día nos daban la bienvenida a ese hospedaje pintoresco que brillaba desde el solar.

Una obesa mujer de unos cuarenta años, de falda hasta la rodilla y camisa con prenses blancos, venía despacio haciéndose en el cabello una cola.

Amablemente nos arrendó una habitación, no sin antes orientarnos sobre los lugares turísticos de la ciudad. Eso fue un jueves; el lunes, el dinero que teníamos se había esfumado entre el río y la piscina, entre comidas y el billar, entre las prostitutas y el ron.

– … “David… – le dije – …yo me voy a quedar en esta tierra…”

Mi amigo estuvo de acuerdo y luego que le acompañé a la terminal, emprendí la búsqueda de trabajo que no resultó difícil por tener algo de experiencia en imprenta. Busqué en la calle de las tipografías una no muy pequeña, y al pasar la entrevista, de inmediato me contrataron. Al poco tiempo, y al ir aportando ideas nuevas, me nombraron administrador, (ese puesto implicaba tener el control de las llaves del local), yo agradecido, correspondía con trabajo y por supuesto, con honradez; pero pronto se aproximarían vientos huracanados que traerían del baùl de mi existencia, destrucción y caos.

Una noche en que compartíamos con algunos de los amigos del dueño, uno de ellos me propuso que le falsificara unos sellos; yo tomado pensando que era broma, le cobré un precio un poco elevado, pero grande fue mi sorpresa cuando aquel tipo de seriedad marcada fue sacando la mitad de lo pactado en billetes casi nuevos y sin pedir rebaja me los pasó; al otro día por la noche entré en el local, los elaboré y muy de mañana a la hora convenida, pasó el cliente y los recogió. No solo me pagó lo acordado, sino que generosamente me dio una abundante propina. La calidad de mi trabajo atrajo más clientes y así en el término de seis meses la clientela ya sumaba un número considerable.

Ya con mejor solvencia económica, conseguí una alcoba en el barrio San Benito; era una casa grande con cuatro alcobas seguidas, al frente tenía un baño, la cocina y una alberca gigante; atrás, un gran solar y en una esquina un tractor de los años veinte estacionado quizás hace medio siglo debajo de un hermoso palo de mango.

El baúl de los misterios y huracanes que abrí en la juventud y que no había siquiera intentado cerrar, persistía; en aquella casa me visitaban a menudo espíritus juguetones y se oían ruidos extraños que en la noche hacían tenebroso su morar.

 

Un viernes me invitaron a pasar un puente festivo unos amigos. Después que hicimos “la vaca”, compramos pollo, aguardiente, cigarros y un polvo blanco que traían en unas bolsitas según ellos, una sorpresa; cuando empezaron a desocupar cigarrillos y a llenarlos de nuevo, me dí cuenta de que era bazuco.

Pasaron tres días sin salir de aquel lugar; casi sin comida y deshidratados por el calor, llegó el lunes y todavía en medio de la ansiedad que este huracán produce, sin un peso de la quincena y sin bañarnos, salimos a trabajar: Aún así, quedamos en que de nuevo nos reuniríamos ese fin de semana para tratar de repetir la misma faena, pero esta vez le íbamos a agregar dos ingredientes nuevos: ron y mujeres.

 

Una semana más tarde…

 

Las doce campanadas del reloj de la iglesia del parque central anunciaban el fin del medio día y recordaba a los trabajadores que debían cerrar para ir a sus casas a almorzar, disfrutar de una siesta y recibir una refrescante ducha para aminorar el calor del sol inclemente de esa hora.

 

Oí voces que pasaban distantes, otras más cercanas, sentí el piso bajo mi cabeza duro; un dolor en el cuello me hacía difícil levantarlo y no quería mover un solo hueso. Entreabrí los ojos y me encontré acostado al pie del busto del general Santander que prefería mirar hacia otro punto que no fuera yo. Sonámbulo aún, trataba de recobrar la memoria, cuando me dí cuenta de que estaba hecho una miseria irreconocible. En mi camisa, el vómito había trazado un mapa indescriptible y un olor nauseabundo se paseaba en torno como si hubieran salido de mí todas las sustancias tóxicas para el cuerpo. No tenía un zapato mas como pude, me fui incorporando ante los curiosos transeúntes que a esa hora cruzaban el parque para ir a sus casas.

Traté infructuosamente de esquivar las miradas y cojeando, casi corriendo buscaba culpables. Maldije ese día en el que no debió salir nunca el sol a descubrir mi vergüenza. Era como para olvidar, una pesadilla grande como es la cruz de la culpa, la pena y el remordimiento.

 

La señora Rosita, la misma que le había arrendado la pieza de atrás a un muchacho trabajador, cumplido y buena persona, no podía creer lo que sus ojos vieron cuando me vio atravesar la cocina sin siquiera saludar.

Pero me dejó bañar, cambiar y, sobre todo… llorar.

 

Tocó tres veces dejando asomar su cabecita al entreabrir la puerta, sonrió, me guiñó un ojo, entró y se sentó a mi lado. Me alcanzó un jugo con hielo mientras que tomándome de la mano me aconsejó como a uno de sus hijos y solo se marchó después que hube jurado nunca más volver a probar esas sustancias.

Duré una semana antes de volver al trabajo tratándome de recuperar y después de que el patrón hubiera ido a buscarme en varias ocasiones.

 

Un buen día, de temperatura agradable y una alegría especial por la bonanza del trabajo y la felicidad que causa la llegada de diciembre, llegó una hermosa mujer y ordenó las tarjetas para el bautizo de sus dos hijos. La miré, y sentí que aquel día estaba cargado de cosas extraordinarias; luego que tomamos algo, le comenté que necesitaba una habitación. Me dijo que ella tenía un ranchito, pero que era pobre y que si estaba de acuerdo me arrendaba un pedacito. Yo, poniendo cara de inocente le respondí que sí. A los ocho días de haber hecho el trasteo, ya éramos marido y mujer. Por supuesto, me enamoré de los llanos por sus paisajes, su gente, su música, su comida, pero más que todo por aquella mujer.

Una mañana llegó a la tipografía una voz que yo conocía… mi esposa. Me pidió que consideráramos el hecho de volver a intentarlo pensando en los niños. La mujer que me brindó amor, me dio dos hijos, que aguantó insultos y violencia, me estaba dando otra oportunidad. Dejé la llanura con sentimiento con todo lo que me brindó y viajé a la capital.

 

Salimos frecuentemente para intentar olvidar el pasado; pero al cabo de unas semanas, nos dimos cuenta de que las cosas no funcionarían, quizás debido a mi mal genio o porque continuamente bebía tratando de asimilar la separación de mis padres después de treinta y cinco años de casados y, por consiguiente la quiebra de sus negocios.

Tampoco intenté volver a Villavicencio al saber que Francy, al igual que yo, estaba dándose una oportunidad junto al padre de sus hijos.

 

Sobreviví fabricando sellos y como pude, comencé a estudiar música llanera.

Hacía presentaciones los fines de semana en restaurantes, clubes y dando serenatas como cantante, pero muchas veces me fatigaba o sufría dolores de cabeza inexplicables. Cuando logré comprar los instrumentos nuevos y un pequeño sonido el grupo se oía mejor y en una de esas serenatas, nos contrató una gente muy adinerada para amenizar sus fines de semana. Estas personas tenían un estilo de vida muy particular; hacían intercambio de parejas, practicaban el homosexualismo lo mismo que el lesbianismo, tenían una pitonisa que les pronosticaba el futuro y les hacia pócimas para la buena suerte, también ingerían drogas y algunos fumaban marihuana. Nosotros comíamos y bebíamos bien y en ocasiones ganábamos buenas propinas si agradábamos a alguna de las invitadas.

 

Una noche de estas, me encontraba extenuado, estaba muy tomado y ya no podía cantar más; de pronto se me acercó un señor muy elegante y me invitó a probar algo llamado perico; como sentí un efecto inmediato en cada presentación tenía que hacerlo de nuevo hasta llegar a ingerir dosis mayores. Sentí que de nuevo me estaba derrumbando, mis compañeros no me soportaban y un día decidí lo mejor para todos… acabar el conjunto.

 

Continuaba con la microempresa de sellos y probé ofreciéndolos en otras ciudades. Me dí cuenta de que con las ganancias que esto me producía podía vivir conociendo muchos lugares; así fue como recorrí gran parte de Colombia por dos años consecutivos.

Ya cansado de hoteles baratos, largos recorridos en buses y comida, que por lo variada me producía malestar, logré ahorrar un poco de dinero para abrir una pequeña tipografía donde alternaba trabajos legales con los ilegales. Las ganancias que ello me producía las gastaba en billar, tejo, cartas, juego de rana y otras cosas, por supuesto acompañado de trago y cigarrillos. Jamás imaginé que sufría de Hipertensión Arterial y los ahogos se hicieron más frecuentes; pero no les prestaba importancia.

Una mañana, sentí los brazos y las piernas adormecidos sin un motivo aparente; acudí a un centro médico cercano y después que el analista me examinó, me remitió urgentemente a un hospital donde me pudieran practicar unos exámenes más completos.

 

Dos días después se celebraba el “día de los Inocentes”; eran las 6:00 de la tarde y me encontraba acostado en una camilla de la sala de urgencias de una clínica particular. Afuera, mi madre y dos hermanos más aguardaban el dictamen médico. Entró una doctora que parecía afanada pasando por en medio de las camas que cargaban los pacientes pálidos, casi agónicos.

Echó un vistazo a la planilla, me miró seriamente y después de confirmar mi nombre, me dijo:

 

– … “Usted es un paciente RENAL CRÓNICO TERMINAL…, por su estado es preciso practicarle tres hemodiálisis semanales con un costo de doscientos mil pesos cada una, por lo tanto… le rogamos avisar a sus familiares que es indispensable que realicen un depósito de X cantidad de dinero para cumplir con los requerimientos de la administración y así poder iniciar de inmediato el procedimiento…, cabe anotar que este tratamiento es de por vida…”. – Se despidió y siguió pasando por otras camillas.

 

Me quedé pensando sin comprender.

Tan solo dos cosas recordaba de todo lo que me dijo: “paciente” y “de por vida”.

 

Luego asocié el hecho con el día de los Inocentes pensando que a todos nos estaban haciendo la misma broma, cuando de repente… veo entrar a la sala a mis familiares. Mi madre lloraba mientras mis hermanos, también llorando, prometían vender todas sus pertenencias con tal de mantenerme con vida.

 

Al rato apareció de nuevo la doctora seria y ordenó a mi familia desalojar la sala; pero mi madre, antes de marcharse, inclinó su rostro y gimiendo me susurró algo al oído: “Hijo… tu necesitas un milagro… por favor… ten fe y habla con Dios…”. – Y se marchó, con una súplica en la mirada, ahogada en llanto.

 

Mi mente como en un limbo, se negaba a salir. No quería siquiera pensar, sentía que el tiempo no pasaba… ¿dormía?… ¿Acaso la peor pesadilla?… ¿Porqué a mí?… No tenía un peso ni seguridad social. Estaba perdido.

 

Pensaba:

¿Acaso qué es la vida?… ¿un divertido juego de ajedrez entre Dios y Satanás que pone como peones pensantes a la raza humana para mirar desde lo alto, cual es la broma de mal gusto que les gastaba el destino si su elección era equivoca o por el contrario si fuese acertada?. Pero dando como guía una ayuda…la razón, el poder de elegir entre el bien y el mal, el don de elegir, la gracia de elegir.

 

Tenía que elegir en ese momento… continuar del lado de la autodestrucción o por el contrario buscar la manera de encontrar la brújula que marcara mi norte y encaminara mi barca hacia puerto seguro.

 

La razón: bueno o malo, alto o bajo, vivir o morir.

 

Quería con todas mis fuerzas vivir, pero no tenía cara para Dios. Me sentía avergonzado por todo lo que había hecho y ahora más que nunca sabía lo equivocado que había estado siempre.

Recordé algo que había leído hacia algún tiempo… que “la única condición para poder acercarse a Dios es la HUMILDAD”… y en ese momento la sentía.

Me levanté… entré al baño… abrí la ducha… cerré los ojos y oré…

 

 

“SEÑOR…

Por favor… escúchame…

Me siento débil… sé que soy demasiado pequeño en la grandeza del universo… estoy cansado de andar en la oscuridad, del mal obrar, de hacer cosas desagradables; soy una oveja perdida… rescátame…

Comprendo que no es el dinero, los amigos o el poder oculto quienes me pueden ayudar en este momento.

Siento que perdí demasiado, me hice mucho daño y no sé si aún me ames por esto, pero te pido perdón y me arrepiento…

Ilumina mi camino Señor… quiero ver…

Hoy te abro la puerta de mi corazón, te entrego mi vida…

Haz de mí la persona que tú quieres que sea…

Así podré encontrar todo lo que tenías guardado para mí.

Sáname para empezar una vida nueva, solo así podré alabarte, servirte y glorificarte por siempre… Amén…”

 

No sé cuanto tiempo pasó, pero cuando salí de aquel “baño” todo era diferente. Tenía otra forma de ver las cosas y algo extraordinario y nuevo llenaba mi corazón, quería abrazar, reír, llorar, llorar y llorar de felicidad. Sentí unas ganas inmensas de gritarle al mundo que amaba, que había obtenido otra oportunidad.

 

En ese momento… en ese preciso momento sentí cerrarse mi baúl de muerte y de huracanes y abrirse un cofre de tesoros bendiciones e ilusiones.

 

Literalmente milagro tras milagro a los quince días ingresaba en el programa de diálisis peritoneal. De manera lamentable por la mala información que se manejaba en cuanto al resultado del trasplante, duré tres años y medio sin querer buscarlo. Los sueños que empezaron a poblar mis noches desplazando los espíritus burlones, me mostraban que había llegado la hora. Entonces comencé a donar el suero requerido para entrar a la lista de posibles receptores, y a los dos meses de terminados los exámenes de protocolo, me llamaron de la Clínica para informarme que estaba listo un riñón cadavérico afín y ya dispuesto a serme trasplantado.

 

Con una sonrisa me despedí de mi madre en la puerta de la sala de cirugía; ambos sabíamos que todo iba a salir bien.

A la una de la tarde abrí los ojos observando cómo los doctores y enfermeras circulaban de prisa por la habitación pendientes de las máquinas y cuidando de que todo estuviera en orden. Con sus tapabocas, guantes y demás indumentaria aséptica velaban por mantener todo en suprema higiene; su evidente esmero me hacía sentir una persona muy importante, (importante para alguien muy especial).

 

En ese momento pensé en las tantas veces que había estado al borde de la misma muerte y, que por alguna razón y en el momento preciso, había intervenido un hecho que yo creía accidental y me evitaba algo muy grave. Entonces me invadió un sentimiento de quebranto y de vergüenza al comprender que el Señor siempre había estado a mi lado sin que yo lo reconociera.

 

Los cinco años que cumplí trasplantado, me han enseñado muchas cosas importantes… que así como las malas decisiones y la falta de prevención traen consecuencias que provocan tristeza y llanto, todo gran esfuerzo obtiene tarde o temprano su respectiva recompensa.

La gran diferencia entre aquel viejo “Baul” y mi nuevo “Cofre” radica en que ahora tengo un gran AMIGO en quien puedo confiar; el mismo que me ha enseñado que con amor y fe se aplacan las tempestades.

A veces volteo la vista hacia mi pasado con orgullo pero también con nostalgia, pero solo para recordar de donde fui rescatado, y que es en lo alto y al frente el norte adonde debo mirar.

 

Quiero con mi historia recordar a las personas que aún viven encadenados a un viejo “Baúl” de que tienen una segunda oportunidad, solo hay que abrir el corazón y no ser un rebelde espiritual.

 

Con una pequeña industria para la elaboración de productos de oficina, hace dos años prendí mi motor nuevamente. Participé como presidente suplente en una Asociación de Trasplantados, y en el 2003 creé el grupo “La Ultima Oportunidad”, donde gratuitamente ofrecemos a los compañeros trasplantados o no, el poder hacer diferentes cursos, buscar empleo, visitar museos, ir a paseos o caminatas, a cine o a teatro de manera gratuita o a precios favorables.

 

He tenido la oportunidad de ir descubriendo dones que tenía muy guardados, que no había aprovechado y con los cuales recreo mis horas de inspiración, componiendo algunos temas musicales y escribiendo, así como disfrutando de la pintura al óleo y de la escultura.

Eventualmente asisto a cursos de superación personal y trato de practicar a diario algún ejercicio. Dejé en el baúl el ser bebedor y fumador impulsivo.

Ahora puedo decir que soy un hombre nuevo; aunque admito que aún falta mucho para ser la persona que Dios quiere que sea. Vivo cada día como el último. Trato de llevar una relación vertical con el Señor nutriéndome de Su palabra en la Biblia y asistiendo los fines de semana a una iglesia. Hablo mucho con Él por medio de la oración. De esta manera, he logrado el mayor cambio en mi vida.

MI madre representa la mujer valiente, sabia y amorosa que siempre ha estado a mi lado, mis hermanos ahora son mis amigos; mis hijos y mi nieta, el regalo más bello de una semilla que perdura, y mi ex-esposa representa el amor y el perdón.

 

Es mi deseo seguir trabajando en esta empresa de luchadores incansables de compañeros que han tenido una nueva oportunidad para cambiar sus vidas, tratando de infundir una voz de aliento, de esperanza y de amor a sus semejantes por medio de testimonios de valor.

Definitivamente el trasplante nos brinda un mejor estilo de vida; todos contamos con herramientas que si son bien manejadas, nos pueden ofrecer muchas comodidades socio-económicas pero, sobre todo, debemos tener en cuenta el aspecto espiritual sobre lo material para poder alcanzar la verdadera felicidad.

 

Se camina siempre de la vida hacia la muerte o de la muerte hacia la vida… como se quiera.

LEMUEL.

 

Agradecimientos sinceros a los doctores Niño, Girón, Rodríguez y Caicedo; lo mismo que a la jefe Claudia Abreo en la Clínica San Pedro Claver; al doctor Mauricio Sanabria y a las jefes Mechas, Myriam, Elizabeth, al jefe Humberto al doctor Cantillo y, por supuesto, a Liz Eliana Cely en la Clínica San Rafael en Bogotá, Colombia.

 

 

Para la gloria de Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta Historia Continúa… en el Baúl y el Cofre 2…

Acerca del autor: omar enrique orjuela moreno

Soy trasplantado dos veces de riñón y he perdido los dos trasplantes gracias a que en Colombia no dan los medicamentos para conservar el trasplante funcionando a tiempo. Me encanta escribir, pintar, y compongo musica en arpa, piano, guitarra y cuatro llanero. hago poemas y me gustaria participar de su grupo. He lido todos los libros de Carlos Cuauthemoc y me encantan.

omarorjuela@hotmail.com

Soy trasplantado dos veces de riñón y he perdido los dos trasplantes gracias a que en Colombia no dan los medicamentos para conservar el trasplante funcionando a tiempo. Me encanta escribir, pintar, y compongo musica en arpa, piano, guitarra y cuatro llanero. hago poemas y me gustaria participar de su grupo. He lido todos los libros de Carlos Cuauthemoc y me encantan.

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