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El amor cura

Estaba recostada en el sofá de mi casa, mirando las gotas de lluvia resbalar por la ventana. No me había sentido bien durante el día, no me apetecía ninguna comida y no estaba de ánimos para nada. Hacía unos minutos había estado hablando por teléfono con mi mejor amiga, cada domingo me invita a su casa, como vivimos a escasos cien metros es común que lo pasemos juntas, pero hoy decliné la invitación.

Eran las tres de la tarde, llevaba puesta mi pijama pues no había querido ducharme en todo el día, me sentía débil y aperezada, me entretuve mirando las plantas siendo golpeadas por la lluvia, imaginaba que cada gota era una persona diminuta que resbalaba desde la hoja más alta hasta besar el suelo.

Estaba sumida en mis pensamientos cuando me distrajo un objeto amarillo, avanzaba lentamente por el jardín camino a casa, me senté en el sofá y distinguí que era un paraguas, no muchas personas eligen ese color. Sonó el agudo timbre y me dispuse a abrir la puerta, allí estaba ella, mi mejor amiga, envuelta en su bufanda roja, con su gorro de pompón y sus botas negras, se sacudió las pocas gotas que querían mojarla y entró con una sonrisa en el rostro, traía gelatinas y purés para su amiga enferma, y unos menjunjes que creyó me harían bien.

El resto de la tarde fueron charlas y risas, interferidas por las bebidas que me recetaba, unas amargas y otras espesas, unas calientes y otras de color verdoso. Al final del día no me di cuenta si me sentí mejor por sus bebedizos o por su compañía, pues ignoró la lluvia y el frío para llegar hasta mí, y sin pedirlo trajo consigo cuanto encontró para hacerme sentir mejor. Esa tarde me sentí importante, me sentí querida, y comprendí que realmente es el amor el que cura.

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