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Descripciones.

Llegué a mi habitación y me dejé caer pesadamente sobre la cama. La soledad del cuarto solo se veía iluminada por el tenue resplandor del ocaso a través de la ventana que tenía cerca a la cabecera. Los débiles rayos incidían directamente sobre mi rostro, como si el sol se mantuviera empecinado en no dejarme descansar. Me senté. Desamarré las pesadas botas que llevaba puestas y las arrojé debajo del escritorio metálico que tenía enfrente. El par emitió un rechinido seco al golpear el abrillantado piso de cerámico castaño. Bajé la mirada. Mis adoloridos pies compartían la fatiga que azotaba mi cuerpo y doblegaba mi mente. Después siguió mi uniforme. La camisa y el pantalón industrial tomaron su lugar en el pequeño armario de caoba que mantenía al lado del escritorio. Los matices de la habitación eran rojizos y las cuatro paredes blancas parecían ruborizadas de verme, mientras que el aire frío me recordaba el pronto término de la tarde. A mi lado y junto a la puerta el aparador lleno de libros de ciencias y letras hacía las veces de compañero de alcoba, con textos que día a día me permitían escapar de la soledad en la que vivía a través de largas sesiones de lectura. Avancé con pesadez al baño de mi habitación. Mis movimientos aletargados me daban la sensación de tener unos veinte kilos por encima de los ochenta de mi delgada textura. Rodeé el escritorio y entré al reducido espacio. En el pequeño espejo logré ver mis facciones más bronceadas por el trabajo de campo, mientras pensaba en que, al contrario de la creencia popular, el trabajo como ingeniero no siempre es compatible con el de una oficina. Mis cejas pobladas y ojos pardos habían absorbido buena cantidad de polvo del ambiente, mientras que mi cabello corto también había hecho su parte. La comisura de mis delgados labios lucía resquebrajada mientras que la rectitud de mi nariz exhibía leves signos de quemadura solar. Me duché y retorné al armario en busca de ropa cómoda. Los matices rojizos de la tarde habían empezado a tornarse grises, en tanto que la quietud de la habitación me hacía invitación a alistar el colchón y arrojarme a descansar. A mi lado, el aparador me susurraba de un modo inquietante para adentrarme en la lectura y aceptar la compañía de personajes y ficciones.

Pero el día había sido largo y el brillo solar al fin estaba ausente. Echado sobre mi cama, la jornada parecía darme tregua.

– Mañana será otro día –pensé.

Entonces me quedé dormido.

Burgos2099

Si no es verdad, no lo digas.

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