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Decepción

—¿Cómo están tus hermanos, hijo? —dijo mi papá mientras se acomodaba en su asiento.
—Bien —respondí mientras me sentaba también—. Kattia está estudiando inglés, me dijo que quiere entrar a trabajar en GPN.
—¿Pero sigue trabajando en donde me habías dicho en noviembre?
—Sí, todavía está ahí. Quién sabe si pueda pasarse, pero por lo menos con el inglés ya tiene más opciones.
—Me preocupa ella. Yo quisiera poder ayudarla, pero no quiere nada conmigo —se queda mirando un momento hacia el suelo—. Yo sé que todavía está enojada, pero no puede seguir así toda la vida.
Dudé un momento, no sabía cómo explicarle mí punto de vista.
—Pa, ustedes fueron un buen ejemplo —comencé un poco descontrolado—. Nosotros tenemos que agradecerles mucho. En la casa siempre hubo comida, se esforzaron por darnos educación y amor —tengo que suavizar las cosas—. En mi caso particular, nunca en la vida te he visto tomar un trago, ni tampoco fumar. Ese es uno de los motivos más fuertes para que yo no haya intentado hacerlo.
—Gracias, hijo —me miró un poco sorprendido—. Hicimos lo que pudimos. Teníamos muchas limitaciones.
—No quiero que tomes para mal lo que voy a decir —me resultaba bastante difícil hacerle un reclamo a mí papá, por lo que traté de ir con mucho cuidado—. Cuando ustedes discutían, podían pasar muchos días sin hablarse. Ahora que me casé, me di cuenta que yo estaba repitiendo ese patrón en las discusiones. Al enojarme dejaba de hablarle a Jenny por días —hice una pausa para observar su reacción, y continué—. Lo he ido corrigiendo, pero creo que Kattia también repite ese patrón.
Mi papá se me quedó viendo un poco sorprendido, no sabía qué responderme. Luego de unos momentos me respondió.
—Creo que tengo que pedirles una disculpa a todos ustedes —pude notar la pena en su mirada—. No se me había ocurrido que eso estuviera sucediendo.
—Son cosas que uno no espera que afecte de esa manera a los hijos, pero con el paso de tiempo me di cuenta que sí.
—Bueno, ya que me comentas esa situación, en tu caso, ¿hay algo que me resientas? —me dijo despacio, con temor de lo que pudiera responderle.
No me sentía seguro de responderle, pero parecía que había llegado el momento.
—Bueno, cuando éramos pequeños mis hermanos y yo, a veces discutíamos. Con Adrián a veces llegaba a los golpes —sonreí levemente—. Cuando yo te decía que me estaba defendiendo por algo, me respondías que no debía golpearlo, que debía avisarte y que vos juzgarías la situación. Pero cuando me contenía para no golpearlo, no encontré apoyo. Si te decía que Adrián me estaba molestando, o que me había golpeado, me respondías nada más que dejáramos de pelear. Yo sé que estabas cansado de las presiones del trabajo, y que eran discusiones de niños, pero me afectó mi confianza en ti. Creo que me quedé con la idea que podía contar contigo para resolver mis asuntos…
Me esforcé por suavizar las cosas, pero incluso así le dolió bastante.
—No sé que decirte hijo — me miró con algo de humedad en los ojos, su voz también se oía afectada—, solo puedo pedirte una disculpa por eso. No me di cuenta de lo que ocasioné.
—Está bien. Me doy cuenta que no es fácil educar a un niño – miré a Isabella, que se encontraba dándole de comer a Lucky—. Y menos a varios juntos. Como te digo, yo sé que estabas cansado y con muchas presiones. Yo me voy a equivocar con Isabella, es inevitable.
—La situación con Kattia puede ser parecida. Pero no puedo hacer nada hasta que ella me diga qué es lo que me resiente.
—Sí, ella tiene que decir. Y tiene que superar el resentimiento. No va a mejorar hasta que lo haga.
La conversación se detuvo. Mi papá se quedó pensativo. Yo también. ¡Cómo me hubiera gustado saber el efecto de mis actos en la educación de Isabella!Fff

Acerca del autor: Javier Pérez Rodríguez

Soy ingeniero, aficionado a la tecnología y a la literatura.

Javier P Rodriguez

Soy ingeniero, aficionado a la tecnología y a la literatura.

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