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De por qué nunca ha sido suficiente.

—Antes que nada, quería pedirte perdón por…

—No papá —lo interrumpí—, soy yo el que quiere disculparse. No he pensado en otra cosa desde el viernes. No debí decirte eso.

—Tu madre me explicó lo que querías decir.

—Sí —agaché la cabeza y junté ambas manos—. No quería decir que tú nunca me habías querido —me dolía repetirlo—. No, lo que en realidad quería decir era que tú nunca habías estado de acuerdo conmigo, es decir, con lo que yo hacía.

—Eso es…

—No, espera —lo interrumpí de nuevo—, déjame hablar a mí esta vez. Necesito decirte esto ahora.

—Bueno.

—Lo que siento —me detuve para encontrar las palabras adecuadas—, es que, hiciese lo que hiciese nunca era suficiente para ti. En el instituto intentaba hacerlo lo mejor posible porque era mi deber, claro, pero también porque quería tu aprobación y tu cariño. Pero nunca recibí de ti algo más que unas felicitaciones sinceras, por supuesto, pero unas felicitaciones al fin y al cabo, y un abrazo, nada más —su sonrisa iba desapareciendo con cada una de mis palabras, hasta volverse seriedad—. Y en bachillerato —continué—, me dediqué a estudiar para sacar las mejores notas posibles para que dijeras algún día lo orgulloso que estabas de mí. Solo por agradarte. Pero ni siquiera una matrícula de honor que me había costado tanto sirvió, ni tampoco que hubiera sido uno de los cinco mejores alumnos del curso. Nada —sentía que un nudo se empezaba a formar en mi garganta, que la nariz empezaba a molestarme y que mis ojos se humedecían. —Pero ¿sabes?, durante todos esos años opté por no pensar en ello, opté por ignorarlo. Y aunque he podido hasta cierto punto, eso siempre ha estado ahí —me detuve, cogí el vaso de refresco a mi derecha y le di un sorbo.

 

—No sabía que te sintieras así —dijo con cierta tristeza—, la verdad es que no lo sabía. ¿Por qué no me lo dijiste nunca hijo?

—No lo sé—, respondí con resignación—, supongo que me acostumbré a ello. Pero no es eso lo que más me duele —me miró levemente sorprendido—, sino que después de todo, en el momento más importante, cuando al terminar bachillerato te dije lo que quería estudiar, tú no me apoyaste, no recibiste la idea con el entusiasmo que yo me había esperado. No. En lugar de eso te limitaste a poner cara de apatía, de casi decepción, y hasta te cabreaste —sin quererlo, empecé a llorar, pero mi voz no se vio afectada—, menospreciaste lo que yo quería hacer, simplemente por no ser los estudios que hubieses deseado que siguiera. No estuviste de acuerdo con lo que había elegido, ni siquiera aunque mi decisión de estudiar esa carrera fuese lo que me hiciese feliz. No lo aceptaste, y eso me dolió más que nada.

 

Lo había soltado, todo lo que siempre había querido decirle a los ojos ya se lo había dicho, y por primera vez no me importaron las consecuencias.

Mi padre removió la cucharilla de su café, le dio un sorbo y dijo:

— No sé qué decirte —vi en sus ojos que de verdad no lo sabía—. No esperaba que tuvieras todo eso adentro.

—¿Por qué nunca ha sido suficiente para ti papá? —Pregunté, con el solo deseo de resolver de una vez por todas, la duda que durante tanto tiempo había tenido en las entrañas.

—Si yo he sido injusto contigo —se acercó un poco más a la mesa—, lo siento mucho mijo. Esa nunca ha sido mi intención. Y si tú dices que lo que has hecho, para mí nunca ha sido suficiente, es porque —yo no dejaba de mirar sus ojos ni un solo instante—, siempre he pensado y he querido lo mejor para ti, porque siempre he sabido que serías, y eres, capaz de lo mejor. Y cuando me dijiste que querías estudiar para ser maestro, no sé —movió ambas manos en el aire como buscando las palabras adecuadas—, no es una mala profesión, por supuesto que no, pero me parecía que era muy poca cosa para ti. Sin embargo, con el pasar de los años me he dado cuenta de que elegiste el camino correcto, y que te gusta estar con los niños en un aula, yo no podría, pero tú en cambio sí hijo, tú ahí dentro eres feliz, serás feliz cuando llegues a un colegio algún día. Y ese día mijo, yo seré el primero en felicitarte y en decirte lo orgulloso que estoy de ti.

 

Había sido más que suficiente, después de tanto tiempo ahí estaba la respuesta en los sentimientos de mi padre, por fin al descubierto.

Me limpié las lágrimas que no había podido evitar derramar e intenté serenarme, recuperar la calma, para asimilar que por fin sabía el por qué de todo.

 

Como si de un gesto de conexión padre-hijo se tratase, ambos cogimos nuestro vaso y le dimos un trago largo hasta terminarlo. Me sentí recompuesto, y continué:

—No sabía que pensaras eso papá—, dije con una creciente sensación de alegría.

—Pues ahora ya lo sabes hijo. Ya sabes por qué he sido así contigo, porque siempre he querido que fueras mucho mejor de lo que yo nunca fui, en los estudios que es de lo que hemos hablado, pero también en todo, con tu madre y tu hermana, con tus amigos, con tu pareja… siempre mijo, siempre. Eso es lo único que quiero.

 

Por fin la maravillosa sensación amable de haberme sincerado con mi padre y que él hubiera hecho lo mismo conmigo era real. La sentí, la respiré, ya era mía.

Me acomodé mejor en la silla y lo miré con cariño:

—Nos ha venido muy bien hablar papá.

—Sí, te agradezco que hayas tenido el valor de contarme esto.

—No —me acerqué a la mesa, y por tanto, a él—, soy yo el agradecido por esto.

Escribir es para mí una forma de estar vivo.

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