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Danzando en la soledad

Para: K.

Durante un tiempo de mi infancia, cuando podía sentir y escuchar lo que otros no podían y en el mismo tiempo en el que solía ir a clases de baile y tenía que recorrer un amplio patio junto a unas escaleras de piedra y un árbol que parecía que lloraba ramas delgadas pero puntiagudas, en ese tiempo mi corazón avanzaba desde su hueco en el lugar izquierdo del pecho y se recorría hasta el centro y poco a poco comenzaba a deslizarse verticalmente y escalaba por mi garganta. Podía sentir los latidos acelerados en mis molares y hasta mis orejas. Debía pasar debajo de un arco que aunque estaba iluminado desprendía esa «presencia» que nadie más percibía. El camino bajo el arco se bifurcaba, hacia el lado izquierdo el salón caliente de la cocina, hacia el lado derecho el solitario salón de música en el que yacían los instrumentos sin dueño y las partituras daban vuelta en solitario de vez en vez. Hacia adelante del arco, era el camino que yo debía seguir. Mientras caminaba con tiento, iba mirando una especie de jardín a mi lado izquierdo, pero no era un jardín bonito, era una jardín falso, con poca luz que le llegaba desde el techo hecho de estructura plastificada y con unas cuantas flores que apenas crecían, flores silvestres y tierra moteada. Evitaba mirar el paisaje, continuaba hacia el frente y solo me repetía «no sientas, no escuches». Luego de unos metros, hasta el fondo del pasillo se encontraba el área de baños que compartía la pared con el salón de baile. Eran unos baños a los que tenía que entrar porque tenían vestidores y había que ponerse la ropa deportiva y los zapatos de baile, me veía entrado con la sensación de pesadez y como si el ambiente si distorsionara y me repetía de nuevo: «no sientas, no escuches». No duraba más de cinco minutos ahí adentro, pero mi corazón estaba a punto de salir cuando debía abrir la puerta del salón de baile… tenía que entrar sigilosamente, metía la mano primero para cerciorarme de que no había nada y me decía en voz baja «no sientas, no escuches, no pienses», la entrada era un piso hueco de madera, era el inicio de unas escaleras que tenía que bajar, había que bajar dos o tres escalones crujientes en la oscuridad para poder encontrar el encendedor de la luz. «Dios, tengo miedo». Alguien había dicho que había una leyenda en ese salón, algo sobre una bailarina fantasma, algo que alarmaba mi sentido de la realidad. Y justo antes de poder alcanzar con mis dedos el encendedor, mis sentidos me habían desobedecido, escuché el taconeo de los zapatos de baile y me apresuré a prender la luz. Los focos iluminaron el salon entero y la luz bañó el suelo de madera como agua cayendo de la regadera y la bailarina fantasma se ocultó de la luz. No fue un sueño y yo dije en voz alta «no siento, no escucho y no pienso en ti» y ella asomó su lánguido pie por la orilla del espejo. Escuché el crujir de la escalera nuevamente y estaba acompañada al fin. La clase comenzaba a reunirse y el baile iniciaría con todos, incluyéndola a ella, a la única que nadie podría sentir, solo yo.

Kat_mava

Escribir es mi pasatiempo favorito. Cuando voy en el transporte en un día normal o de viaje, no puedo evitar mirar lo que me rodea y preguntarme "¿De qué forma narraría esto?" Y entonces empiezan a existir formas de historias en mi cabeza que de vez en cuando intento contarles.

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