Cuidado con las Tijeras.

Es el año 1991 y curso el segundo de primaria, en una escuela privada a unos metros de mi casa. Puedo recordarme, mi cabello rubio, largo tipo Beatles y desaliñado, camisa blanca, o mas bien ya casi crema de tanto sucio y percudido sin dejar pasar desapercibido los manchones rosados a causa del jugo que tomaba a diario en el recreo. Mis pantalones era otro tema, de color chocolate típico del uniforme y con bastas cortas, o cruza charcos como decía mi abuela, tipo Cantinflas, puesto que era el mismo que había usado el año anterior.

Esa tarde estábamos en clases de música con el maestro Darío Van Horne. Siempre lo podías observar caminando con su guitarra y su zampoña adaptada al cuello para poder tocar ambos instrumentos al mismo tiempo. Ese día salió del salón y, sin pensarlo como era de costumbre, mis pies en automático hicieron que me levantara, para ver que nueva broma podía jugarle a mis compañeros. Enseguida volteé al pupitre de al lado y al primero que vi fue a Josías, y lo próximo que observé era que tenía unas tijeras en la mano. Acto seguido, saqué las mías de la cartuchera de lápices, lo apunté y le dije: en guardia. Enseguida y sin más, él me siguió la corriente y empezamos a chocar las tijeras una contra la otra. Por un instante y en cuestión de segundo, quité mi vista de él y volteé la cabeza para ver hacia el otro lado, al mismo tiempo que mi mano se extendió y, por inercia, hizo el movimiento particular de las tijeras, abrir y cerrar. Lo próximo que escuché fue el grito de Josías al cual mis tijeras habían alcanzado el lóbulo izquierdo de su oreja. 

Que gran susto tuve ese día, gracias a Dios no pasó a mayores. 

A mis cortos siete años de edad no pudo haberme venido mejor aquel viejo refrán del gran Cervantes….. “Al que a mí me trasquiló, las tijeras le quedaron en la mano”.

 

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. romina

    Bueno, no encuentro que sea una anécdota que dibuje una sonrisa, mas bien da algo de pavor. Esta bien narrada, pero no olvides la conexión.
    El primer párrafo no cumple ningún objetivo en la anécdota. No aporta a la historia.

    1. Jajaja, lo siento la verdad busque en mi registro mental y no encontré otra, seguimos adelante y aprendiendo, la verdad es la primera vez que me pongo en esto. Saludos

      1. Así que jugando a las espadas con las tijeras! Asusta un poco, pero al final me ha dado risa el incidente porque me ha recordado a nuestro propio hijo.

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