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Cuestión de Fe

Estoy parada justo afuera de la iglesia. El campanario es imponente, tiene detalles del estilo barroco en tonos rosa pálido y blanco. Hay mucho silencio; comienzo a subir las escaleras y un soplo de aire me da la bienvenida, como si “él” supiera que he llegado. Al fondo se pueden ver algunas monjas que están leyendo o rezando, no logro distinguir exactamente que es debido a la distancia.

En el interior de la iglesia hay demasiadas flores. Rosas, margaritas, claveles y hasta girasoles. Su aroma es dulce. En el centro hay una gran figura de Jesucristo sobre la cruz mirando al cielo, al lado, una imagen de la virgen María me invita a entrar. Los asientos de madera resaltan, su color brilla. Solo hay dos personas, una señora gordita, con un traje demasiado ajustado para ella, ha terminado de hacer lo que sea que estuviera haciendo y pasa junto a mí. La otra, es un anciano que parece estar dormido. Decido quedarme en un rincón al fondo, el asiento esta frío.

Empiezo a rezar, pero mis pensamientos son confusos. Ya no sé porque vine aquí, no sé qué quiero. No sé en qué creer.  Comienzo a hablar en voz alta.

—¿Quién me puede asegurar que de verdad existes? Y si alguien estaba demasiado aburrido y se le ocurrió inventar una bonita historia sobre un salvador, darle esperanza al pueblo y pensó en crear la religión. En crear un ser todopoderoso que se sacrificó por las personas para que pudiéramos seguir viviendo. ¿Quién te invento? ¿Quién decidió que serias un Dios? ¿Quién nos dijo que podíamos pedirte favores y que, si nos portábamos bien, nos lo cumplirías? ¿Quién te dio tanto poder sobre nosotros? ¿Quién me puede responder todas mis preguntas? —doy un gran suspiro y me levanto de la silla, mis pies comienzan a andar de un lado a otro por toda la iglesia— Dime si existes, dame una señal, —he despertado al anciano, voltea a verme con cara de pocos amigos y sale de la iglesia perjurando maldiciones— porque si existes, quiero saber la razón del desastre que soy. Quiero saber, ¿Por qué los pájaros se callan cuando me acerco a ellos? ¿Por qué los perros me odian sin ninguna razón? Sabes que creo, creo que no existes, porque si existieras tal vez me hubieras ayudado a tomar mejores decisiones. Tú moverías las cortinas o las hojas de las plantas, y eso, yo lo tomaría como una señal, porque no habría viento para moverlas. Y yo me diría a mí misma “Estoy a punto de tomar una mala decisión, debo pensarlo más”. Pero no das la más mínima oportunidad de saber que estás ahí, y eso se debe a que no existes. Solo existen historias sobre ti, o de tu hijo, como esa en la que convirtió en vino el agua o que nos amabas tanto que mandaste a la tierra a tú único hijo a morir por nosotros. Patrañas.

Me quedo mirando fijamente esa figura de Jesucristo. Siento que me está juzgando, con esos ojos llorando sangre. Mis manos comienzan a temblar; sin darme cuenta he estado haciendo todo un monólogo. Mis manos moviéndose en todas direcciones, dejan ver claramente mi frustración. Y enojo. Ahora estoy enojada.

—Oye Dios —me siento como una loca hablándole a una escultura en la pared— ya en confianza, creo que tampoco nos llevas al cielo. Ese lugar especial lo reservas solo para ti. Y no te culpo, tal vez yo haría lo mismo. También supongo que el infierno fue un cuento de miedo para tener algo a que temerle, algo para obligarnos a portarnos bien y ganarnos ese lugar en el cielo inexistente. ¿Y qué pasa después de la muerte? Bueno, pues morimos, y simplemente dejamos un cuerpo sin vida de recuerdo en la tierra, que eventualmente se comerán los gusanos. No hay segundos planos, ni ningún lugar metafísico dónde se quede nuestra alma. Se desvanece. Fin de la historia. —lágrimas comienzan a correr por mis mejillas— Y si de verdad eres real, tu egoísmo es demasiado. Por que te dejas la gloria solo para ti. Un cielo enorme para tu gran ego —las emociones me atacan, mi voz comienza a sonar entrecortada, pero continúo— ¿ves? Ahora estoy llorando, por tu culpa, porque no existes y quiero que existas. Quiero creer en ti y no puedo; no tengo eso a lo que llaman fe.

Me siento en la primera fila, mirando esas figuras de misericordia y compasión; mis ojos inundados de agua salada, se niegan a mirar en otra dirección. Y sigo sin creer, no siento nada en mi interior que me de esperanza, no hay chispas en mi alma. Tal vez se deba a que no tengo. Supongo, que no tengo fe porque no hay nada en que creer.

Karen Yuritzi Salas Gomez

Me gusta el café y los libros.
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