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¿Cuánto vale tu tiempo?

Cada que me dedico a escribir me gusta recordar es cenas del pasado. Esta te la dedico a ti, papá.

 

—Papá, ¿podrías venir por favor? —te pregunté ayer desde mi alcoba—. Necesito que revises mi tarea.

No recibí respuestas, y la anterior escena en tu cumpleaños se me vino a la memoria.

 

La habitación estaba desierta, era tu cumpleaños, así que, sin pensarlo dos veces me acerqué a ti.  En ese tiempo tenía escasos 6 años.

—Hola papito —te saludé—. Feliz cumpleaños, te deseo lo mejor por ser el mejor papá del mundo.

Abrí mis bracitos, esperando un abrazo tuyo, pero no parecías interesado en mis palabras.

—Papito… —repetí, subiendo un poco mi tono—. ¿Me escuchas?

Me subí a la banca más cercana para observarte de cerca.

—Ahora no puedo hijo —dijiste apenas. Estabas absorto en los formularios que tenías sobre tu escritorio. Tus pocas palabras retumbaron en mi mente como un eco, pero no estuve conforme con tu respuesta.

—Papito, hoy es tu cumpleaños, quiero felicitarte —te miré a los ojos, esperando una respuesta tuya. Me devolviste la mirada también, pero una mirada seria; amenazadora.

—Mas tarde puedes decirme lo que deseas, campeón —me tomaste de la mano, conduciéndome a la salida—. Necesito trabajar, entiende. Será en otra ocasión.

Asentí, penosamente tuve que marcharme.

 

Recordar esta escena me hace pensar en una sola cosa: tu falta de tiempo para mí.

Medité un poco, luego corrí a tu habitación; necesitaba hablar contigo.

—Papá, ¿estás allí? —te llamé mientras tocaba la puerta de tu dormitorio—. Quiero hablar contigo.

—Adelante —manifestaste, en un tono poco audible. Pasé a tu estudio sin hacer mucho ruido.

—¿Me podrías firmar esta tarea por favor? —llegué hasta ti y estiré mi brazo junto a tus carpetas, con mi cuaderno para que lo revisaras.

—¿Podría ser más tarde?, o no te fijas que estoy ocupado —me dijiste—. Cuando llegue tu madre ella podrá hacerlo, no me interrumpas ahora.

No me quedé conforme.

—Solo es una firma —insistí un poco furioso—. No te cuesta nada más que diez segundos de tu tiempo para hacerla.

—¡Que no puedo hacerlo ahora hijo! —exclamaste, dejando tus pendientes a un lado—. ¿Por qué mejor no me haces el favor de no estorbar y salir de mi estudio? —giraste de tu escritorio para verme a la cara. No me moví del sitio. Ya estaba decidido, tenías que saber tu principal defecto en todos estos días.

—Papá… —dije apenas—. Solo es una insignificante firma, entiendo todo el estrés que tienes por el agobiante trabajo —me acerqué unos pasos hacia ti—. ¿Acaso te cuesta mucho? ¿Te pagan por tu tiempo? ¿Cuánto? Por que supongo que tu tiempo es muy valioso —bajé mi voz haciendo notar mi angustia—, pero no te alcanza para estar con mamá, ni mucho menos con tus propios hijos…

Cabizbajo, di media vuelta y me retiré del sitio; cerré despacio la puerta despacio y acudí a mi alcoba, limpiándome las lágrimas.

Esperaba una respuesta tuya, pero no habías dicho nada ayer, y hoy hace apenas algunas horas, te escuché cuando entraste a mi habitación.

—Hola hijo, ¿necesitabas algo ayer? —preguntaste, mientras tomabas asiento en mi cama—. Puedo ayudarte a hacer tu tarea o algo —dijiste apenas que pudiste ver mi rostro—. ¿Me lo permites?

—No papá —mi voz suena reducida—. Y no necesito ni quiero nada, puedes irte…

No respondiste, pero notaste mi tristeza. Sentí tu mano en mi hombro antes de que procedieras a retirarte.

—Y una cosa más, papá —murmuré—, quiero que sepas que tu tiempo —bajé un poco mi tono, conteniéndome a no sollozar—, significa mucho para mí —te detuviste en el marco de la puerta, escuchándome—, pero lastimosamente lo estás desperdiciando.

Te retiraste sin decir ningún comentario. Así que estas líneas te escribo.

Conozco de ti, que eres un hombre frío y de pocas palabras, pero siento que si he logrado hacerte llegar mi mensaje. Ya es muy tarde, pero quiero aclarar algo; te amo mucho, papá, aunque no pueda decírtelo, y me duele mucho esa distancia que nos separa. Fantaseo mucho al pensar que estuvieras libre de obligaciones, para que puedas disfrutar de una buena tarde conmigo, pero creo que sería un deseo imposible. Solo puedo resumir mi obsesión en siete cortas palabras para ti: te quiero, te admiro y te necesito.

 

 

Acerca del autor: Oscar Secaira

Un camino si no lo andas, nunca llegas.
Un terreno si no lo cultivas, nunca da frutos.
Un negocio si no lo atiendes, nunca prospera.
Un ser humano si no se educa, nunca mejora.
Un trabajo si no lo empiezas, nunca lo haces.
Un libro si no lo aplicas, nunca lo entiendes.

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Oscar Secaira

Un camino si no lo andas, nunca llegas.
Un terreno si no lo cultivas, nunca da frutos.
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