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Cuando ya no sea tu niña.

Estoy sentada al borde de mi cama, reviso los últimos detalles de la boda mientras me cepillo el cabello y un té de manzanilla que me trajo mamá para conciliar el sueño permanece humeante en mi tocador.
Escucho que alguien golpea la puerta, sé quién es.
Mi papá entra. Se sienta a mi lado y por unos segundos permanece observando curioso todos los detalles de mi recamara. Finalmente la tensión se rompe y suelta una pregunta para abordar el tema.
—¿Estás nerviosa? —cuestiona mientras acaricia al gato que está acicalándose detrás nuestro—. Dudé en molestar, creí que estarías dormida.
—Por supuesto que estoy ansiosa, pero no tanto por lo que va a suceder mañana. En realidad lo estoy por la despedida que está a punto de ocurrir ahora —con un nudo enorme en la garganta saco de mi bolsillo la copia de las llaves con estampado floreado de mi antiguo hogar y las pongo en la palma de su mano—. Tómalas.
—¿De qué estás hablando? —pregunta con un tono enojado y desconcertado—. No recuerdo haberte echado de aquí.
—No es así pero —bebo un sorbo de mi té para adquirir más voz, es complicado detener el llanto que está a punto de drenar por mis ojos—. Sé que todo va a cambiar papá, que de ahora en adelante tendré otras responsabilidades. Por eso quiero devolvertelas, este no será mas mi dulce hogar.
—No digas eso —se lleva las manos a la cara y permanece así varios segundos para después explayarse—. Gordita, necesito que entiendas que no por el hecho de que ahora tengas un esposo vas a dejar de ser mi hija. Siempre serás bienvenida aquí y de la misma manera el también lo es, ahora es parte de esta familia.
—Te agradezco tanto papá —por más que trato de controlarme algunas lágrimas resbalan por mis mejillas sin haberme dado cuenta y con trabajos logro articular palabra—. Siempre hiciste hasta lo imposible por estar en los momentos más importantes para mí, me apoyaste hasta en los sueños más absurdos, me guiaste para después ser valiente.
—¿Y sabes porqué hice todo eso? —manifiesta lleno de entusiasmo—. Porque quería que cuando encontraras al hombre de tus sueños no te conformaras con menos de lo que alguna vez te di…
Sin notarlo, aquella habitación en donde solíamos pasar horas jugando videojuegos se ha convertido en un confesionario.
Papá me abraza con fuerza y su afecto sigue siendo tan mágico como hace algunos años, mis miedos se evaporan. Me toma de la mano y bajamos a cenar, ahora tengo la certeza de que no será la ultima vez.

Acerca del autor: Diana Paola Montes de oca

Optimista.

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