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Cosas de la vida

Luego de mucho tiempo, demasiado en realidad, estoy aquí para ver a mi padre. Hoy por fin podremos hablar de frente sin que él se imagine cuánto tengo para decirle. Los años han pasado y parece que solo hemos compartido algunas horas juntos desde que se marchó. He tenido que visitarlo, en su casa en la montaña, porque acordar una cita en otro sitio hubiese resultado de nuevo en una cancelación de último momento. Pero ya estamos aquí y nos miramos torpemente. Ninguno sabe como iniciar. La distancia nos impide empezar la conversación de forma cálida, así que él inicia sin mirarme a la cara.

—Diay pa ¿y de qué es que quiere que hablemos? —mi padre se frota las manos cerca de la barbilla, contemplando la naturaleza que nos rodea—. Aquí me tiene, soy todo oídos.

Sí, mi padre me llama “pa” a pesar de que no soy su padre. Aquí no hay ninguna paradoja, él lo ha hecho siempre como una muestra de cariño y yo no podría imaginarlo de otra forma.

—Diay —comienzo con la inevitable muletilla multiusos del costarricense—, la verdad no sé ni por dónde empezar. Hace tanto que no nos vemos.

—Tal vez con una birra sea más fácil —sonríe encogiéndose de hombros y me extiende su mano con una cerveza Imperial.

Lo pienso un momento antes de tomarla, no estoy realmente seguro, pero aún así…

—Gracias. ¿Sabes qué? Creo que ya sé por dónde empezar —miro la cerveza entre mis manos, aún sin abrirla, y continúo despacio—. Cuando te pregunté cómo estabas, me dijiste que bien y me contestaste sin pensarlo. Yo también te dije que estaba bien. Esa fue una respuesta automática que la verdad no significa nada —hago una breve pausa y lo miro a la cara, pero él no me mira—. ¿De verdad estás bien?

—Diay mi chiquito —mira hacia el suelo un instante y luego hacia mí—, tiene razón. Es una respuesta rápida que no pensamos, nada más la usamos como si fuera un santo remedio ¿verdad?

—Sí, por la forma en la que no me respondió —le hablo de usted, porque no me siento cómodo, de pronto lo sentí como un completo extraño—… supongo que no está cien por ciento bien —lo miro justo a tiempo para percibir como él aparta su mirada de la mía—. Yo tampoco estoy del todo bien. Siento que la vida me ha pasado por encima demasiado rápido, ayer era un chiquillo y hoy estoy aquí con veintitrés años, tratando de conversar con mi papá sobre cosas de la vida.

Mi padre abre su cerveza, bebe un sorbo y permanece en silencio. No me queda más que continuar hablando.

—Desde que usted y mami se divorciaron, no estoy seguro de poder decir que estoy bien — intento no dejar que el tema me afecte—. No me duele su separación, para ser honesto pa, creo que nunca fue eso lo que me dolió. Usted la odiaba y no le puedo reprochar eso. Mami es una mujer muy difícil. Lo que no entiendo es por qué esa separación no fue solo de ustedes —hago un esfuerzo en vano por controlar mis emociones—. No entiendo por qué esa separación fue también de nosotros —mis lágrimas procuran no caer, pero fallan—… ¿por qué también se separó de mí? ¿También me odiaba?

—Claro que no mi chiquito —se acerca e intenta abrazarme, pero se da cuenta que no es el mejor momento—, lo que pasa es que… es que diay usted ya era un hombre. Yo me esperé hasta que estuviera más grande para que pudiera entenderme —su ritmo de dicción se acelerá—, y que no se le hiciera muy difícil cuando yo me fuera de la casa —hace un gesto de negación y comienza a hablar golpeado—. La verdad es que nunca fui feliz con su mamá y siempre me quise largar de ahí. ¡Esa vieja era insoportable! Usted también se quería ir porque esa casa era un infierno —sus palabras pierden fuerza—, yo más bien —hace una pausa y exhala dolorosamente la última frase— me lo quería llevar.

—Eso no hubiera resuelto nada. Hubiéramos terminado enterrando a mami después de que se suicidara —la sola idea me enfada—. La culpa terminaría por acabarme y usted sería el siguiente.

Mi enojo se mezcla con la tristeza que me provoca recordar el porqué de mi visita. Me pongo de pie. Abro mi cerveza y doy un largo trago hasta casi vaciarla. Mi padre parece sorprendido por mi estatura.

—Eduardo, su hermana Sally viene a verme de vez en cuando, y cuando no viene, por lo menos me manda algún mensaje —sabe que lo que dice no es una buena defensa contra mí, aún así se arriesga y continúa—. Pero usted ha venido a verme como tres o cuatro veces en ocho años, casi nunca me manda mensajes, ni me llama…

—Pa —lo miro a los ojos, está asustado y esta vez no puede apartar la mirada—, cuando usted se fue yo apenas tenía quince —mi voz se diluye en las tibias gotas que recorren mis mejillas—. En ocho años, usted nunca me ha visitado ¿y se atreve a quejarse? Cuando usted se fue —siento una presión en el pecho y un nudo en la garganta—, fue decisión suya. Usted sí era un hombre y decidió por ambos —me cuesta respirar—. Fue como si ya no quisiera ser mi papá. Usted era el que tenía que visitarme. Usted era el que tenía que mandarme mensajes y llamarme para que yo supiera que aunque no estuvieramos juntos yo todavía tenía un papá —hago una pausa para tragarme lo último que queda de la lata y enjugarme las lágrimas antes de finalizar—. Usted fue el que se largó de la casa —con una voz firme, pero afligida, concluyo—… y de mi vida.

Eduardo_Blandon

Dormir es placentero, pero tener sueños y despertar para hacerlos realidad, no tiene comparación.

¡Qué vivan la música, las letras y el amor!

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