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CONFESIÓN DOLOROSA

Abrí la puerta de la habitación de mis padres y miré a mi mamá sentada en su cama doblando ropa, a lo lejos escuché el sonido del televisor de la sala. Me acerqué apresurado a sentarme en la orilla con mi madre y le pregunté.

―¿Dónde está mi papá?

―En la sala viendo un programa en la televisión, ¿por qué? ¿Te sucede algo hijo mío?

―Es que… ―me tembló un poco la voz al no encontrar las palabras exactas para expresar lo que deseaba en ese instante―. Le quiero contar a mi papá lo que le he ocultando sobre mí.

―Hay hijo ―hizo una pausa y respiró profundo―. ¿Estás seguro?

―Sí ma completamente, no me siento a gusto ocultándole esto y por eso se lo diré hoy durante la comida.

―Entonces si ya estás decidido hazlo, solo debes estar preparado para cualquier situación porque ya conoces el carácter de tu padre.

―Si ma lo sé, estoy muy consciente de eso ―dije con resignación―, pero es algo que él merece saber de mi boca.

―Está bien mi niño, sea cual sea su reacción yo te apoyaré en todo. ―Me abrazó con mucha fuerza―. Te quiero mucho hijo mío.

―Y yo a ti también ma ―le regalé una gran sonrisa al salir de su habitación.

Me fui a mi cuarto y me dejé caer en la cama, me torturé durante varias horas pensando en cómo decirle a mi papá toda la verdad, pero entre más lo pensaba menos preparado para hacerlo me sentía.

Escuché a mi madre gritar para llamarnos a comer, nos servimos comida cada quien y nos sentamos. Desde el comedor miré la televisión, la cocina, la comida, a mi madre; pero no a mi papá, evité contacto visual con él porque sentí angustia. Mamá estaba distraída porque sabía lo que yo pretendía hacer. Entonces papá nos notó extraños y preguntó.

―¿Pasa algo?  Están muy callados.

―No, nada mijo ―le contestó ella apresuradamente.

―No, nada pa ―con voz lenta y susurrándole.

―Bueno ―expresó con duda en el tono de su voz y enarcó una ceja.

Pensé que la comida se volvía eterna e incluso empecé a dudar, los nervios se apoderaron de mí y hasta mordí mis uñas. Volteé a mirarlo y cuando él me miró evadí su mirada, me ponía cada vez más nervioso.

Él se levantó de la silla dirigiéndose a la sala, pensé que lo que sentí había sido en vano. Mi mamá y yo terminamos y recogimos la mesa.

Coloqué mis codos en el pretil de la cocina mientras empuñaba mi cabello con ambas manos, pensé que lo que sucedía era una tortura porque nada salía como había imaginado. Mamá me miró desde el fregadero con angustia y fue entonces que me tranquilicé diciéndome a mí mismo: ―Moy tú puedes hacer esto, ¡díselo ya!, si no lo haces hoy después será más y más difícil, no hay nada más que pensar.

―Pa puedes venir ―con firmeza lo llamé.

―¿Qué pasa hijo?

―Necesito decirte algo. ―Él se levantó del sofá y se paró al final del pretil.

―Haber dime. ―Mamá me lanzó una mirada de sorpresa y angustia, se paró del otro lado del pretil logrando ponerme más nervioso.

―Pa, quiero decirte algo desde hace tiempo pero no lo hice por miedo a tu reacción. ―Las manos me empezaron a sudar mucho.

―¿No me tienes confianza? O ¿Qué sucede? ―utilizó un tono de autoridad.

―No, no es eso ―clavé la mirada hacia abajo viendo el pretil―, pero me es difícil contártelo porque sé que sueles enojarte con facilidad y no sé cómo vallas a tomarlo.

―Hay hijo, soy tú papá, ni que fuera a colgarte por esto ―dejó ver una ligera sonrisa―, dime ¿qué te tiene así?

―Yo sé que no pero… ―respiré profundamente y me quedé sin palabras, el silencio se apoderó por unos minutos del lugar y suspiré― lo que sucede es que ya no me siento a gusto ocultándote mis sentimientos, mis gustos y quién soy ―la voz se me quebrantó―, sucede que tal vez no soy el hijo que tú esperabas y creó que lo que te diré puede desilusionarte ―Mi mamá suspiró y comenzó a llorar.

―Hay hijo mío ―asintió con la cabeza y sonrío notablemente.

―Pa, es algo que no puedo evitar ―lo miré a los ojos y lloré sin poder detenerme―, ¡he luchado por no sentir esto pero es inevitable! ―tomé mucho aire y suspiré―, ¡Me gustan los hombres!

―Hay hijo mío, ¿tú crees que yo me asusto?, yo hasta pensé que te querías ir de la casa o que ya no te sentías a gusto con nosotros ―sonrió y miré su cara de alivio―, ya me lo imaginaba y lo presentía.

―No sé pa ―sollocé mientras me limpiaba las lágrimas y la nariz con una servilleta―, ¡discúlpame! pensé que te ibas a enojar y me dejarías de querer.

―No hijo, uno se da cuenta como padre, ¡no estoy ciego! y no voy a regañarte ni a dejar de quererte, eres mi hijo.

―Gracias pa ―suspiré con alivio―, de verdad muchas gracias.

―No te preocupes, solo ten mucho cuidado, no quiero que te lastimen ―me aconsejó con angustia―, siempre cuídate y protégete por favor.

―Si créeme que lo haré.

―Ándale pues, pero ya no llores ―se acercó a mí y me abrazó muy fuerte, lloré más―, te quiero mucho hijo.

―Y yo a ti también, muchas gracias por comprenderme y aceptarme tal cual soy.

―De nada hijo ―me sonrió con notable agrado ―, gracias a ti también por confiar en mí.

Se fueron a su recamara y yo a la mía muy tranquilo por ya no cargar el peso inmenso de guardarle a mi papá ése secreto que tanto me aturdía, me llené de felicidad.

Acerca del autor: Moises Benavides

Me gusta socializar y hacer nuevas amistades, leer, escribir, tener una buena charla con alguien; viajar y conocer nuevos lugares, experimentar sensaciones en la naturaleza y sobre todo ser apasionado con cada cosa que hago en la vida.

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