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Color de Rosa – Capítulo 4

CAPÍTULO 3


CAPÍTULO 4

Abismos

Gris

 

Jueves 31 enero del 2008

Era ya tarde, el transporte solía pasar temprano, esta vez se retrasó quince minutos, me dirigía a la secundaria, iba con retraso de treinta minutos, todo por la culpa de un simple programa de televisión; apresuraba el paso, con mis manos ocupadas por diferentes tipos y tamaños de bolsas en las cuales llevaba mi vestuario del personaje que representaría en clase, corrí de prisa para alcanzar el camión que me llevaría hasta la escuela. Cuando divisé el camión, noté en el suelo de la calle, un billete con valor de cien pesos. – ¡Este es mi día de suerte! –. Pensé y sonreí, pues tendría para pagar mi almuerzo en el descanso, ya que por las prisas que llevaba olvidé mi almuerzo sobre la mesa que está junto a la estufa.

Subí al camión y me senté en la parte trasera del transporte, sentí una fuerte brisa que generó en mi un cansancio y me quedé profundamente dormido; escuchaba las voces de los ahí presentes, el llanto de un bebe, y aun así mi cuerpo descansaba con tranquilidad. Me percaté que el autobús ya tenía minutos de recorrido y alcé la mirada, mis compañeros que subieron al camión durante mi “siesta” bajaban con cautela, me puse de pie y caminé hacia la salida, pagué el transporte con el billete encontrado y a través del polvo que el camión dejó al arrancar observé muchos de mis compañeros entrar a la escuela.

Ya dentro del plantel, saludé a todos.

–¡Buenos días! –hablé con voz baja, pero nadie saludó, nadie se tomó la molestia de contestar.

No era la persona más popular, e incluso ni la menos popular, más bien estaba en un lugar medio, en el “limbo social”, ese lugar era peor que ser el “no popular” ya que él “no popular” existe para los demás, existe para ser la burla de los “populares”, así como el mandadero y mozo que todos conocen; al popular, pues ustedes sabrán, el simple hecho de ser popular le da el lugar sobre todos los demás; pero yo, yo no pertenecía a ningún nivel, era uno más en el mundo, un individuo extraño para los demás.

A pesar de estar en un salón con cuarenta alumnos, yo no tenía ni un amigo, ni siquiera algo cercano a un amigo. No soy una persona ajena a la civilización, tampoco tengo un complejo de soledad, sin embargo, antes no fue así, me alejaron las malas amistades, todo era perfecto cuando entre a la secundaria, sin duda, esos días donde tuve amigos en primer grado no volverían, no volverían mis amigos, Adria, Karlah, Javier, y… Maresa, la chica con tendencia gótica, la cual apreciaba mucho, aunque siendo sincero, y un poco directo, ella me gustaba tanto, fue mi primera ilusión, mi primer amor juvenil, pero mi poca práctica en cuestiones amorosas y mi falta de confianza y seguridad me orillaron a mentirle durante mucho, y creo que ese fue uno de mis errores, el no ser sincero, el tener miedo, el callar cuando no veo oportunidad de triunfo. Aunque… ella también fue la culpable, pues claro, si fui sincero, y aún recuerdo el primer día que fui honesto, y valiente, todo por ella…

 

Baúl de Recuerdos:

Era un martes 14 de noviembre del 2006, cuando fui honesto y valiente, pero Maresa fue solo lo contrario.

 

–¡Maresa! –la salude con voz baja–. ¿Tienes un minuto?

–¡Claro! –contestó a la vez me saludaba besando mi mejilla–. ¿Qué pasa, me decías?

–No… –titubee–. lo que pasa es que, ¿quería ver si en el descanso podríamos platicar?

–Sí, ¿por qué? ¿Sucede algo?

–No, no, como crees, solo quería decirte algo…

–Si, después de comprar un helado vamos.

 

Recuerdo que nos vimos en el parque de la secundaria, yo caminé lentamente mientras ella parecía jugar a no pisar las líneas que hay entre las baldosas del suelo, por minutos solo la veía, observaba su graciosa y linda manera de caminar, esas acciones que ella realizaba me enloquecían, parecía estar en otro mundo, su mundo. Ya hacían meses que habíamos iniciado el año escolar, y desde el instante que me habló preguntando mi nombre, yo no había podido olvidar el de ella. Maresa.

–¿Querías decirme? –preguntaba interrumpiendo mis recuerdos –. Te noto distante, dime lo que querías, siéntate.

–Sí, claro… –me senté en una banca cercana–. La verdad, desde que te conocí me has agradado, me has mostrado mucho cariño como ninguna otra persona, y quisiera no mentirte más y decirte que me gustas mucho, me gusta tu risa y tu personalidad, me gusta mucho tu cabello, y no puedo dejar de sentir angustia al pensar que por ser un muchacho tímido te pueda perder… es todo, no tengo otra cosa que decirte.

 

Cuando terminé de hablar esperaba lo mismo de su parte, pues me había mostrado tanto desde un inicio, pero fue diferente, pues al verla, su rostro había cambiado, el brillo de sus ojos desapareció y con un tono distante me dijo algo que hirió mi corazón.

–También me gustas, y mucho, me encanta tu personalidad, eres único, no eres un tipo común, y me gusta tanto tu serenidad –me decía mientras me tomaba las manos–. Pero sabes, Adria es mi mejor amiga, la quiero mucho y ella me confesó que tú le gustas, y yo no puedo hacerle esto a mi amiga… no puedo corresponderte, lo siento.

 

Recuerdo mucho cuando se levantó, se dio media vuelta y se alejó, se alejó tanto que después de eso no volvió a dirigirse como antes a mí. Aunque no me agradó la excusa, debo ser sincero, Adria era hermosa, trate de hablarle y me daba la espalda, éramos amigos, pero yo nunca había comprendido porque me trataba tan mal, me empujaba, se molestaba mucho conmigo. Cuando Maresa me confesó que yo le gustaba a Adria, fue donde todas las piezas del rompecabezas tomaron su lugar, Adria sabía el interés que yo tenía por Maresa y es por ese motivo por el cual me trataba de la “patada”. Lo raro fue que después de que le confesé mi amor sincero y verdadero a Maresa, ella se alejó de mí, es más, de nosotros, sus amigos, yo, me molesté mucho con ella pues empezó a faltar a la escuela, se veía más delgada, su comportamiento empeoró y así de la nada, empezó a faltar a clases. Nadie sabía nada, no hablaba con nosotros, hasta que un día, sin previo aviso, solamente se fue. Lo único que supe fue que viajó a Estados Unidos. Buen viaje.

 

Adria se convirtió en una buena amiga, empecé a ganarme su confianza, me gané su sonrisa, su mirada y solo bastaron unos meses platicando y conociéndonos, y sin darme cuenta, una fecha se volvió importante para mí y para ella, pues nuestra vida sería marcada con un 22 de febrero del 2007, pues fue el día en el que los dos decidimos ser primeros novios.

 

Nuestra relación fue muy larga y corta a la vez, pues siendo novios primerizos nos equivocamos mucho, no sabíamos besar, bueno lo digo por mí; y les soy sincero y hasta pena me da, nunca nos besamos. Fue una relación de seis meses, no hacíamos parecer que éramos novios, pero lo que en verdad fue el parte aguas de la relación fue el chico nuevo Edgardo, un joven completamente diferente a mí, él era alto, fuerte, y bien visto. Adria se conmocionaba tanto al verlo que me decía que era como un modelo de revista, para mí fue frustrante escucharlo de mi novia, pero yo que diría, soy un muchacho tímido. Y sí, como se lo imaginan, un día Adria me escribió una carta, la letra estaba fresca y muy bien adornada, nunca me había dado un obsequio como ese. Leí sus palabras escritas, noté como me adulaba poco a poco, hasta terminar con un, “deberíamos ser amigos”, y yo, como un tonto acepté.

 

No puedo negarlo, nuestra relación mejoró, seguimos siendo amigos, lo más impactante fue que me dejó por él, solo se dio media vuelta y se fue con Edgardo, creo que tenía la misma habilidad que Maresa, pues desde ese momento no les volví a hablar, Adria y Edgardo me saludaban, pero mi actitud se hizo distante. Hicieron que me aislara.

Qué recuerdos, tan trágicos, pero ahora estoy de nuevo en mi mundo de tristezas, aunque hoy estoy sentado junto a algunos de mis viejos amigos, incluyendo a Adria y Edgardo, no me miran ni me saludan, han pasado ya varios meses y ya nada es igual, todos viviendo en su pequeño mundo, rodeados de las nuevas tendencias, celulares, navajas, peinados obscuros, cortadas en las manos, vestimentas de color negro, muerte en todo lugar. Me da tristeza el solo pensar que se dejan guiar por una moda, solo para encajar en la sociedad, el tener que adaptarse para ser aceptados. Pero qué envidia tengo.

Recuerdo que al entrar al salón de clase todos hablaban y al mismo tiempo presumían su vestimenta, pues la mini-obra estaba a punto de iniciar. Me puse de pie y me dirigí al baño a cambiarme, pues mi mascara de Iron-Man, era roja y la vestimenta debería ser roja, había preparado con antelación mi ropa del mismo color. Al tiempo que me dirigía al baño una chica de tercero pasó y me empujó, tirando mi mascara, y por el impacto el elástico que la sostenía se reventó. Me di media vuelta y mi primer impulso fue irresponsable, innato a mi furor pues la máscara que mi madre me había sugerido hacer estaba dañada, un empujón hacia la chica nació de mí y logrando hacer mi cometido la chica cayó por la rampa que usaban los discapacitados, rodó más de tres metros cayendo de manera brusca. Como todo un cobarde solo corrí sin que pudiera verme la cara. Aunque eso fue lo que yo pensé.

Ya en el salón, nervioso y asustado, cada vez que veía movimientos en el exterior me asustaba el creer que la Prefecta Sonya vendría por mí. Aunque Sonya era una Prefecta muy “buena onda” no dudé en que no perdonaría un acto como el que había perpetrado. Solo bastó un momento cuando me distraje y la Prefecta estaba fuera del salón, hablando con mi Maestro de Artes II. Ambos voltearon y me vieron, yo sólo agache la mirada tratando de disimular. Sus miradas se mantenían fijas a mi, pues sentí la pesadez caer sobre mi, creyeron que no me di cuenta, pues al verlos rápidamente voltearon la vista a otro lado, tratando de pasar desapercibidos, pero sabía que me buscaban a mí. Aunque… sus rostros no tenían una semblanza de enojo, más bien, de compasión. –¿Por qué tendrían compasión? –me pregunté.

–Antton, te hablan en prefectura –me llamaba mi maestro con tranquilidad.

–¡Si, enseguida voy! –contesté temeroso.

–Trae tus cosas, te vas a retirar –se dirigieron a mi sin siquiera verme.

Recuerdo el haber guardado mis útiles, puse todo en mi mochila, la máscara, mi uniforme, y después me dirigí a prefectura, y claro, Sonya a mi lado. Caminábamos hacia la oficina y un silencio nos acompañaba. Tantas cosas pasaban por mi mente. La chica del empujón y las lesiones que ha de tener, los reportes o incluso la suspensión por agredir a una compañera, pero lo más curioso fue que durante mi camino a prefectura, mis preocupaciones por la chica accidentada desaparecieron, pues una repentina imagen de mi madre vino a mí. Sacudí la cabeza, me paré frente a la puerta de prefectura y después de eso, lo último que pensé, fue casi un grito al cielo, fue un favor que quería de parte de Dios. “Ojalá y sea la chica y no mi papá”.

Entré y vi a las secretarias junto con las prefectas de otros grados. Una mujer sentada enojada con la prefecta de tercero, y un hombre sentado y encorvado con un semblante de tristeza, me fui acercando y para no ser descortés con el señor lo saludé.

–Hola papá…

Mi padre no me saludó, pues en el instante que me vio me sonrió con normalidad, tomó el permiso de la escuela y cargó mi mochila. Mientras caminábamos me preguntó cuál era mi salón y lo señalé.

–Es ese, el que está cerca del escenario…

Seguíamos caminando, nos acercábamos a la salida y entregué al guardia el permiso, el cual lo sello antes de salir, todo con el fin de cotejar mi nombre y el de mi papá en una libreta que se encontraba en la cabina de seguridad.

No me di cuenta el momento preciso, pero por un instante el aire frio, el cielo nublado, el sol oculto tras las nubes grises, los árboles, mi padre, me daban señales de que algo malo estaba por ocurrir. Subimos al automóvil, un Cavalier z24 de 1997 color azul, un auto con el que aprendí a manejar autos con transmisión manual. Aún tenía el golpe que hace años atrás le hice por chocar con el árbol de la casa, todo por tener miedo.

Papá arrancó el auto y partimos, apenas tomamos la carretera y empezó a caer la lluvia de una manera tan sutil y ligera, casi imperceptible. A lo lejos observé el semáforo de una intersección, nunca había visto mi ciudad tan vacía; nos acercamos y la luz cambió a roja, todo estaba tan callado, parecía que los vendedores ambulantes, los malabaristas que a lo lejos lanzaban cada vez más alto las naranjas con las que hacían su show, mi padre, parecía que todos se habían quedado mudos y dispuestos a no hacer ruido alguno.

Papá tomó mi mano, suave al inicio y poco a poco más fuerte, en ese instante a mi mundo se le quitó el color, todo de color gris, pude sentir mi pulso y aunque no sepa calcular el ritmo cardiaco, mi corazón latía cada vez más, y más rápido. Aunque miento al decirlo, no saben lo que sentí en ese momento, pues las palabras de mi padre, me hicieron ver el mundo de diferente manera. De diferente color.

–Mijo, tienes que ser muy fuerte…

Un dolor en mi corazón se hizo presente, en ese momento, en ese segundo vi pasar los más bonitos recuerdos que tenía, y aunque mi padre no me había dicho, los recuerdos la incluían a ella.

–Tu mamita… ya se nos fue… y… tienes que ser muy fuerte –habló por partes–. Llora hijo, no es bueno quedarse con todo adentro, llora…

No sé si pueda explicar, pero morir era lo que quería, que la tierra me tragara, que el tiempo regresara, que mi existencia y la de los demás fuera borrada de la faz del universo. Y al darme cuenta que nada de eso sucedería, que ni yo moriría, que la tierra no me tragaría, ni mucho menos controlaría el tiempo, solo tenía la opción que era la más correcta. Llorar inconsolablemente.


Continuará…

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