Saltear al contenido principal

Cimentado en Amor

Cimentado en amor

En último grado de secundaria mi grupo presentó una obra teatral. A pocos minutos del inicio comenzaron a sentirse ansiosos, pidieron que realizáramos una breve oración antes de correr el telón. En aquellos años de compañerismo me habían demostrado tener poco de creyentes, como la mayoría afirmaban ser, pero accedí con gusto cuando Alicia me tomó de la mano, diciendo que era la indicada para hablar.

—Padre, te agradecemos por permitirnos estar juntos el día de hoy, porque tenemos oportunidad de aprender en equipo, de ser guiados por ti cada día hacia las metas que nos proponemos alcanzar. Nos conoces, has visto el esfuerzo que pusimos en la escenografía, en aprender nuestros guiones. Gracias, porque tenemos la seguridad de que todo saldrá bien, te dedicamos nuestros esfuerzos. En el nombre de Jesús, Amén.

Levanté la vista. Mis compañeros estaban conmovidos. Alicia tenía la cara enrojecida. Aseguraron nunca haber realizado una oración como aquella, tan espontánea. Me encogí de hombros y les recordé que dentro de poco empezaría la función, Miss Paty había realizado la segunda llamada… hablaremos de nuestra pésima puesta en escena en una ocasión distinta.

La cuestión es que el asunto de la oración me había dejado intrigada. Aquél era un colegio católico. Yo, la única Cristiana en el plantel. Cada inicio de mes los estudiantes se reunían en la capilla de la escuela, dos horas en las que algún maestro se quedaba a cargo de mí. Al descubrir que era el tipo de estudiante que podía permanecer sentada sin apartar la mirada del libro, comenzaron a dejarme sola, hecho que agradecí.

Descubrí que, cuando se les pedía que realizaran una oración, mis compañeros eran capaces de recitar dos o tres variaciones preestablecidas, dependiendo de la ocasión. Cuando era pequeña mis primos me habían ayudado a memorizarlas, prometiendo que Dios se pondría feliz cada vez que las repitiese.

Tenía mis dudas. Se me había enseñado a mantener una relación distinta con Jesús.

—Es tu amigo —había asegurado el pastor de mi iglesia—.Habla con él como harías con un amigo, contándole cómo te sientes, lo que te preocupa, y también lo que has descubierto al leer la Biblia.

—Si yo fuese Jesús, me habría cansado de escuchar una y otra vez los mismos monótonos diálogos —fue lo primero que pensé—. No quiero ser malinterpretada, pues no tengo nada en contra del catolicismo. De hecho, mis mejores amistades lo son, personas honestas y devotas, a quienes comencé a interrogar sobre religión cada vez que la ocasión lo permitía. Quería entender. A cambio, les explicaba lo que quisiesen respecto a mis creencias.

—¿Tu de qué religión eres Pau? —recuerdo la primera vez que me interrogaron—,nunca nos acompañas a la capilla.

—No practico ninguna religión, soy Cristiana.

Como esperaba, la sorpresa se dibujó en sus rostros. No me tenían la confianza suficiente para pedir más explicaciones, así que continué.

—Las religiones están compuestas por normas y ceremonias pensadas por el hombre, hay una serie de “pasos a seguir”. Los Cristianos Evangelistas tenemos una relación directa con Jesús, decidimos seguir el estilo de vida que propone a través de las escrituras, porque lo amamos.

—Nosotros también tenemos una relación con Jesús —comentó un compañero—,¿Por qué es diferente?

—En el catolicismo tienen intermediarios, confiesan sus pecados a otras personas y esas personas les comunican a los creyentes lo que deben hacer para lavar su culpa, o si es que serán perdonados. Eso no existe en el Cristianismo. No hay intermediarios terrenales, podemos pedir perdón de forma directa a nuestro padre.

Aprendí mucho de ellos, aunque nunca llegase a acompañarles a misa, ni siquiera el día de graduación. Era una realidad desdibujada para mí. Al igual que la mía era indiferente para ellos. Descubrí que la mayoría eran ajenos a lo que profesaban. Se sentían comprometidos con sus familias, asistían a las reuniones, repetían las oraciones que ya sabían por defecto.

En mi Iglesia había personas iguales, quienes afirmaban ser fieles creyentes cada Domingo, para después salir a endeudarse, serle infieles a sus familias o acepar las irregularidades de la oficina. Nuestra naturaleza es así. Incongruente, maliciosa.

Con el tiempo se aprende la importancia que tiene el entender las posturas ajenas, las creencias de aquellos que nos rodean. La importancia de compartir lo que somos, lo que pensamos, lo que dirige nuestras vidas, y hacerlo de manera honesta, sin menospreciar a otros o incitarles a abrazar nuestra fe. No se puede obligar a amar. Y, según he aprendido, la fe católica y la cristiana carecen de sentido cuando no están cimentadas en ello, el amor.

Literary_Pau

Mi canal de YouTube y página en Facebook se llaman Literary Compass. Soy BookTuber y promotora de lectura. Mi lema es: El mundo está hecho de historias.

Volver arriba