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Cara a cara con mi padre

La música de David Bowie inundaba sutilmente el ambiente. A su alrededor estaban varias mesas con elegantes comensales que degustaban platos exquisitos. No solía frecuentar ese tipo de lugares, pero su padre, por primera vez en siete años, la había contactado. Desconociendo el motivo, Adriana aceptó, se debían una charla y ella se sentía lista.

—Siempre llegando a tiempo —sonríe mientras hacerle una seña al mesero y pedirle dos menús—. ¿No te parece que nos parecemos mi chiquita?

—La verdad espero que sea la única semejanza —lo miro a los ojos. Respiro con calma; de pronto el ruido del restaurante se pierde, como si el tiempo se hubiese detenido —. ¿Para qué quería verme Rodrigo? —a pesar del tiempo, tiene cierta imponencia.

—Tanta formalidad —junta sus manos sobre su barbilla—. Antes me decías pa o papi.

—Eso le queda grande y lo sabe.

—No lo entiendo hija, ¿Acaso me odias tanto? —se acomoda la corbata con cierto ademán de superioridad—. Tenía ganas de verte, de saber por qué me dejaste de hablar hace siete años.

Me acomodo en la silla. Esa pregunta hizo que les perdiera el miedo a mis propias palabras.

—Si me conociera lo suficiente —siento mi tono de voz calentarse—. Sabría que soy incapaz de odiar a otro ser humano ¡Mami no me crio de esa manera! Pero eso lo sabría de no habernos abandonado de forma tan mezquina —sé que mis palabras le duelen, sabe que tengo razón—. Yo más bien, a pesar de todas sus mentiras —tomo un trago de té para ahogar el llanto—. No siento rencor en absoluto.

—¿Cu…Cuáles mentiras? —la blancura de su rostro es algo que jamás voy a olvidar.

—Qué cinismo tan barato, debo reconocer esa filosa memoria selectiva, después de todo —hago una pausa, el té de menta logra calmarme los nervios—. Es de esa forma y con esa frialdad que ha logrado que toda su iglesia crea que mami fue la infiel ¿verdad?

—¿Desde cuándo…?

—¿Lo sé? —pongo mi taza sobre la mesa—. El mundo es muy pequeño, más con mi hermana conociendo a tanta gente, y ése, es un ejemplo de mentira.

—Puedo explicarte si quieres —trata de tomar mi mano, pero no lo permito—. Realmente quiero ser un padre para ti, ¡Ser parte de tu vida! —hace una pausa, como si esa superioridad ya no estuviese; con costos agrega—: He dicho muchas cosas y cometido muchos pecados, pero ¿Quién no lo ha hecho?

—El problema no es tanto cometer el pecado, sino las raíces que deja.

—¿Raíces?…

—Sí —mentalizo mis próximas palabras, éste es el momento de la verdad—. Yo no vine aquí a discutir, pero sí a pedirle una respuesta —me acomodo las mangas del abrigo, cierro los ojos y en mi interior, dejo que Dios me guíe—: ¿Se da cuenta, de que sus acciones me aislaron de mami por casi diez años? ¿Qué me privó del amor de mi mamá?

La seriedad en su rostro transmuta en lágrimas. Agradezco en ese momento la serenidad del mesero mientras deja nuestra comida y se retira.

—…No sabía lo que hacía, ¡Tú mejor que nadie sabe los problemas que tengo! —afirmo con un suave gesto de cabeza—. Sé que eras sólo una niña y que decirte esa crueldad…

—¿Qué mi madre no me quiso y no quería que naciera? —son palabras que tatuaron gran parte de mi existencia junto con esa tarde en la heladería donde nacieron—. Sí, lo recuerdo —no bajo la mirada, aunque el dolor me circule las venas.

—No sé por qué hice tanto daño —se tapa la cara con las manos—. No puedo imaginar todo lo que sufriste.

—Sí puede.

—¿Cómo?

—Todo lo que he sufrido —me aseguro de no titubear—. Durante esos once años…sólo puedo concebir que fue una especie de herencia psicológica de su parte —y por primera vez en toda la velada, suavizo mi mirada—. Conozco muy bien todo lo que sufrió con mi abuelo, porque sí, ¡Sufrió! —es una historia que siempre voy a honrar—. Sin darnos cuenta, esos lazos sin sanar pueden ser legados, logrando de esa manera un infinito vicio pasivo de agresión y heridas emocionales que impiden la sanidad mental —sonrío, la tormenta va pasando—. Perdonarlo es quizá, lo más difícil que he hecho en mi vida, si tomo en cuenta que por sus palabras crecí aislada y hasta pensando que yo no era necesaria ¡Que nadie me quería! —una lágrima se asoma etéreamente por mi mejilla—. Pero tenga por seguro que soy feliz, plena y que todo el amor que siento ahora por la vida ha sido obra de Dios y de mami.

—Ya eres toda una mujer —me evade la mirada—. No sé qué decir…Tan sólo, que de verdad lo lamento por todo.

—…Bueno, yo pago la cuenta —pongo unos billetes sobre la mesa—. Debo retirarme, gracias por la velada —me acomodo el abrigo y el gorro, es tarde y hace frío—. Cuídese.

—¡Espera!

—¿Sí?

—Adriana — se pone frente a mí, lo he alcanzado en altura—. ¿Podré verte otra vez…y a tus hermanos?

—A mis hermanos no sé —medito al respecto mientras siento el viento en mi rostro—. En cuanto a mí —le paso un papel con mi WhatsApp escrito—. Tal vez.

Acerca del autor: Adriana Bartels González

Qué gusto me da saludarlos. Soy Adriana, me fascinan los libros, la música y la escritura.

WritterPrincess26

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