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Bette Davis Eyes

29 de julio de 2014.

El primer día de escuela siempre ha sido difícil para mí. Simpre.

Estaba iniciando la preparatoria en la misma escuela de mierda donde había hecho la secundaria pero la gran mayoría de bravucones se habían ido a otras escuelas pero estaba seguro de que aquí, en la prepa, también tendría nuevos bravucones que me harían la vida imposible.

Como dije, el primer día de clases siempre fue duro para mí y ahora lo fue más. ¿Por qué? Porque ahí, en el mismo salón de clases estaba la chica que me había gustado durante la primaria.

– Maldición.- Me dije al verla en un asiento del aula.- No puede ser.

Sólo verla me trajo un dolor de cabeza que me recordó lo buena que empezó siendo la primaria y lo malo que fue terminarla.

– Liliana Rodríguez.- Dijo la profesora que pasó lista en la primera clase.

Esos dos nombres me hicieron temblar. No nos habíamos visto en cuatro años, ¡cuatro años! Y ahora, estaba ahí.

Había intentado dejar el pasado atrás en la secundaria y al fin lo estaba logrando pero Liliana estaba ahí de nuevo. En frente de mí nuevamente.

Se veía mayor a lo que mis recuerdos me habían mostrado. Su cabello castaño era más largo y su voz era claramente la de una mujer joven, ya no la de una niña.

– Veo que  todos están muy nerviosos.- Dijo la maestra.- Hagamos una actividad para conocernos mejor.

– ¡Mierda!- Me dije.- No podré pasar desaparecibido para Lililana si quiera un maldito día.

– Digan su nombre y que les gusta hacer y que no.- Indicó la profesora.

– Oh mierda.- Apreté la boca.

– Mi nombre es Guadalupe Fernández y me gusta…- Dijo una compañera.

Observé a Liliana esperando que de pura casualidad, no me divisara.

Francamente tengo buenos recuerdos de Liliana. Como cuando ella, yo y los demás chicos de la pandilla, ibamos al parque a jugar a los super héroes. Somos amigos de la infancia.

Este bien podría ser el inicio de una especie de película romántica de dos sujetos unidos por un pasado en común, que se amaron desde niños y que posiblemente acabarían con un final de cuentos de hadas, con un amor correspondido pero…pero…eso pensaba yo. Sólo yo.

Maldición. ¿Qué pensaría Liliana cuándo supiera que el idiota que se le declaró en la primaria estaría ahí? Sé que muy probablemente tiene malos recuerdos de mí pero…¿acaso tendría buenos recuerdos de mí?

– Usted muchacho.- Me señaló la profesora.

– ¿Yo?- Pregunté estupefacto. Mi hora marcada había llegado.

– Es tu turno. Sigue con la actividad.- Indicó la mujer que tenía tanto maquilla en el rostro que parecía ser demasiado blanquecina.

Sentí una antipatía hacia esa maestra de forma espontánea.

– Yo…soy…- En automático miré a Liliana.

Tragué con dificultad. Nuestras miradas se cruzaron y vi sus ojos castaños.

Ella bajó la mirada rápidamente y miró a otro lado. Eso me confirmaba que de hecho, sabía que nos conocíamos y quizás, se dejó por una gran cantidad de recuerdos relacionados conmigo y su pasado tormentoso en la primaria.

– Me gusta escribir.- Me acomodé la corbata sintiendo un sudor que empapó mi espalda.- Me gusta escribir…historias…y me gusta la música de los ochenta en inglés.

– Dejese esa corbata.- Indicó la profesora.- Sé que está nervioso pero relajese.

– ¡Sí maestra!- Contesté como un soldado frente a su sargento.

Algunos del salón comenzaron a reír. Me senté en el asiento, evitando que mi mirada se cruzara con la de Liliana.

– Liliana Rodríguez.- Dijo la maestra por segunda vez.- Es su turno compañera.

– Me llamó Liliana.- Dijo la joven.- Me gusta practicar tenis. 

– Que bien. Una deportista en el salón.- Dijo la educadora.- ¿Lo práctica en algún lugar señorita?

– Sí.  Estoy en el equipo estatal de tenis.- Contestó la joven.

Eso de inmediato levantó la admiración de los compañeros a su alrededor.

Me mantuve con la cabeza gacha mientras escuchaba lo que sucedía. Pero recordé que desde niños, ese había sido el sueño de Liliana y me soprendí al ver que había continuado con ello.

– Gracias señorita. Tome asiento por favor.

Ella obedeció.

Mis manos estaban sudorosas. Quería hablar con Liliana, hablar de los años que habían pasado pero con todo lo que pasó entre nosotros esa prácticamente inpensable.

– Lo haré mañana.- Dije respirando profundo.- Mañana lo haré.

Pero sin duda no sabía como la muchacha reaccionaría.

Al final en la salida me coloqué los audífonos y me dirigí a la calle con los aparatos puestos y vi a Liliana rodeada con algunas chicas de la clase.

Por pura casualidad nos voltemos a ver y la reacción fue tal como en el salón. Ella bajó su mirada, vi como lo hizo y yo también moví mis ojos a otro lado, haciéndome de la “vista gorda”.

Tomé mi pequeño aparato mp3 y puse la canción “Bette Davis Eyes” y en ese momento, pensé que si me fuera posible, haría una canción hablando de la bella pero tímida mirada de Liliana que me había llevado de nuevo a mi infancia.

Una infancia tormentosa pero en donde también hubo días soleados.

 

Acerca del autor: Fernando Moreno

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Comentarios

Humberto Vázquez Durán

Excelente…felicidades.

Hace 1 semana
Fernando Moreno

Gracias amigo.

Hace 1 semana
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