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AMIGAS, LAS BUENAS Y LAS MALAS

EN PASADO

María y yo asistíamos al festival africano cada año. Al aire libre. En cada pasillo había joyas con piedras gigantes, pegadas con delgados alambres y que las africanas y otras atrevidas féminas, como nosotras, lucíamos encantadas. Escuchábamos sus melodías salidas de altavoces. Olíamos sus inciensos, de mezclas dulzonas y ácidas, que vendían personas de piel tan oscura como brillante, con túnicas holgadas, hasta el piso, generalmente sin mangas, con estampados selváticos, terracotas o muy coloridos, que complementaban con collares y turbantes que duplicaban la altura de sus cabezas.

Parecíamos dos granitos de arroz en un plato de frijolitos. Pero ellos no nos discriminaban. Nos sonreían y mostraban sus dientes pulcros y de apabullante blancura.

Parte de mi diversión era cuando veía a María que evitaba ver los dioses paganos que muchos puestos vendían. Figuras con labios gruesos, caras toscas, con penes enormes, talladas en madera oscura y a veces tan altas que medían lo que cualquier ser humano.

Llegó la hora de partir. Acabábamos de pasar la malla que limitaba el festival, cuando María preguntó dónde estaba la chompa que me prestó su hermano Willy. “Chompa”, es como le llamaban los guatemaletecos a las sudaderas deportivas, como la que parecía que había extraviado. Si yo perdía algo era una cosa que había pasado y punto, pero ellos cuidaban sus pertenencias muy seriamente, algo sagrado que les enseñó su mamá.

Cuando vio mi cara de mensa y mi falta de respuesta, María extendió su mano derecha a la altura del pecho, cerró los ojos, bajó la cabeza y dijo que en el nombre de Dios esa chompa aparecería. Yo era creyente, pero aún así me pregunté cómo es que la encontraríamos en un lugar donde había miles de personas, y en medio de la obsuridad que ya había aparecido.

Volvimos al festival. Yo no distinguí los pasillos andados, pero seguí a María. Imaginé a Willy que me recriminaba la ligereza de responsabilidad, la confianza decepcionada. No había pasado ni cuatro minutos de búsqueda cuando mis ojos notaron la anhelada chompa junto a un bote de basura. “María”, dije, señalando el bulto. Ella se agachó para recogerlo. Era el suéter de Willy aún doblado como me lo entregó. María se llevó la prenda al pecho, la abrazó, cerró los ojos y dio gracias. ¿Había sido eso un milagro? Sin duda alguna. María parecía que era guiada en la dirección correcta. Las probabilidades de haber encontrado un suéter negro en la oscuridad entre miles de personas eran poquitísimas. Cualquiera pudo habérselo llevado.

De nuevo contentas, salimos. Willy ya nos esperaba. “¿Cómo les fue?”, preguntó. “Sumamente bien, gracias a Dios”, contestó María. Y yo secundé, “Sí, gracias a Dios”. “¿Y usaste mi chompa?”, cuestionó Willy. “No”, contesté, y extendí mi mano y se la devolví. Él la tomó y le dio un beso. Dijo que era su favorita. María y yo solo volteamos a vernos y sonreímos aliviadas.

 

EN PRESENTE

 

Estoy vacacionando en Puerto Rico. Mis amigas Yeni, Marlene y Karla me acompañan. Es hora de salir a una de las discotecas de la isla. Termino de maquillarme. Tomo mi vestidito amarillo, nuevo, y me lo pongo. Karla dice que me veo bellísima y yo le digo que ella parece una reina. Busco mi bolso, saco mi celular y me doy cuenta que no tiene batería. ¿Quién me presta su cargador? pregunto a mis amigas, pero ninguna escucha.

Karla habla por teléfono con su novio. Yeni entra al baño y a Marlene no la veo. Lo que sí veo, es que sobre el buró hay un celular cargándose. Como tiene 95 por ciento de batería. Lo quito y conecto el mío. Mientras mis amigas se arreglan, abro la puerta de la habitación del hotel que está al nivel del piso y a unos pasos del mar. Camino sobre la arena. Me siento afortunada por encontrar un hotel así y respiro profundamente queriendo adueñarme del alma del vasto océano que se pierde en la obscuridad. Me interrumpen unos gritos que salen del cuarto. Desde afuera escucho que es Marlene enfurecida porque su celular no está conectado.

Entro de inmediato. Le digo que la culpable soy yo. Me disculpo y me dirijo al buró y desconecto mi teléfono. Le extiendo la mano para que me de el suyo y conectarlo ahora mismo, pero no lo hace. Grita fuerte y descontroladamente. Tira al piso la ropa de su maleta. Dice estar harta de que no respetemos sus cosas. Quiero hablar pero me interrumpe Yeni, su hermana, quien le da la razón y también se muestra indignada. Me disculpo de nuevo. Les recuerdo la pérdida de mi cargador en el avión. Que Marlene toma mi pasta de dientes y mis lentes sin permiso, y que no hago escándalo. Que el celular está practicamente cargado a su capacidad, y que la batería, por más fotos que tome, no se acaba durante toda la noche. Que de verdad lo siento.

Karla inteviene. Dice que ése es el último viaje que hace con Marlene, quien desde el momento de abordar el avión está enojada con todo el mundo. Habla de otros episodios de descontrol en el restaurante, la tienda de joyas y el mercado. Al oírlos, Marlene azota la puerta de la habitación y se va.

Hacemos un breve silencio. Le digo a Yeni que ayude a Marlene a reflexionar en sus actitudes agresivas y no la apoye porque empeora la situación. Yeni contesta que es su hermana, y además, estamos celebrando su cumpleaños. No dice más y sale a buscarla.

Karla y yo nos vemos. Marlene no acepta que requiere ayuda profesional y nosotras no podemos brindarle el apoyo que necesita. Todos los malos momentos tienen su límite. Le digo que ése también es mi último viaje con Marlene. Nos vemos con tristeza, porque un ciclo de nuestra amistad, viajar con ella para celebrar su cumpleanos, se termina. Igual que nuestra paciencia.

Acerca del autor: ANGELICA MARTINEZ RIOS

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Comentarios

Romina Bayo AMbos están correctos en tiempos verbales. EN el segundo, el efecto de velocidad y ritmo no se logra porque queda interrumpido por los dice que.... Falta mayor agilidad en la narración. Ya con los diálogos bien escritos verás un cambio. Revisa el ejemplo del libro en cuanto al efecto que se produce en presente.
Hace 8 meses
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