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A ti, siempre a ti.

Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos… y aún está todo tan vivo en mí. En esa ocasión, como en cada uno de nuestros encuentros, hablamos mucho de lo que en realidad no somos, buscando hacer posible el encuentro de la piel.

Ante ti siempre me fue difícil mostrarme, y no por temor o vergüenza. Sabes bien que eres la única persona, que al mirarme, me hace SABER que no soy esto, pero tampoco soy la que conoces… porque la mujer que soy contigo es una suma de lo que soy y lo que me esfuerzo ser, para estar a tu altura.

Por eso te escribo, porque quiero que me conozcas. No porqué algo sea posible para nosotros, más bien, para que lo que fue, tenga sentido para ambos.

No temo a la soledad, pero me duele. Incluso, me he acostumbrado tanto a ella que por momentos, la uso de bandera. Te asombrarías de cuántas personas han alabado ¡y hasta envidiado! La supuesta “libertad” que da el estar solo.

¡Tú mismo lo has hecho! Recuerdo que recorrías los estantes de mi biblioteca, posando tus dedos en cada lomo y añorando “mi soledad hecha de libros”… La enorme cama “toda mía”… La opción de los domingos en pausa… ¡Tantas cosas que creías privilegios en mi vida!.. y yo sonreía, asentía, y callaba el verdadero sabor a “cadena” que toda esa “libertad” me dejaba, y aún me habita.

¡Sí! Leíste bien: cadenas. Y no es que compadezca mi realidad, pero duele, ¡duele demasiado! Porque no solo ata mi voluntad, sino que tiene un poder dominante en mis palabras. No me deja decir, sentir, correr el riesgo, por temor a que, una vez más, me quede sola.

Recuerdo aquella noche en que me dijiste “una es la que escribe, otra la que habla”. ¡Auch! fue como si arrancaras todo mi disfraz de un tirón. Te confieso que tuve pánico a preguntarte si amabas a alguna de las dos… pero el tiempo me dio la respuesta: a mis letras siempre volviste, pero nunca más mi abrazo tuvo tu forma.

Hoy, seis años después de aquel encuentro, siguen tus palabras resonando en mi interior… Tenías razón. Siempre fui dos. Era mi manera de sobrevivir. Desde que tengo memoria he visto personas “romperse” a causa del amor. El amor rompe. Estaba convencida de ello. Lo vi en mi madre, en mi abuela, en mi hermana, y en cada nuevo nombre que se sumaba a mi árbol genealógico. El amor rompe. Por ello elegí vivir dividida y concentré en alimentar las letras, condenando a la que habla a vivir atada a una soledad que lacera.

Si alguien me leía, me amaba…

Si alguien me abrazaba, sentía el frío aguijón de una piel que se acostumbró a estar sola.

¿Has visto esos perros a los que han pateado tanto que el solo ver acercarse una mano, gruñen?… así me sentía. Ante cada caricia, una alarma interior me grita: ¡cuidado! ¡No sirves! ¡Cuando vea quien sos también se irá!.. Hasta ti… hasta que pronuncié tu nombre por primera vez.

Por eso te escribo. Tienes que saberlo.

Yo no soy eso. En mí existe una mujer que aunque se ha equivocado muchas veces, y viste orgullosa su soledad ¡Quiere y puede amar! Y te amó.

A medias palabras, con silencios duros… pero también con entrega.

Amor… si, amor, porque aunque el tiempo nos ha llevado a distintos mares, sigues siendo la definición de esa palabra… Amor, ya no quiero cocinar para uno, ni buscar otros nombres para que las horas pasen.

Debes saberlo: la que escribe es la que soy. Solo necesito que alguien se atreva a verlo.

Nunca me enseñaron a amar, pero sé lo que es no hacerlo. Sé lo que duele la almohada vacía, el teléfono mudo… y, sobre todo, sé lo que duele tanto espacio en el alma.

Romy

Argentina de nacimiento.. De donde estén los que amo por decisión. Escribo porque la vida es demasiado chiquita para ser.

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