Saltear al contenido principal

5/5

Deslizo la ventanilla de la habitación de mis padres unos 10 cm. Apago el televisor, organizo las almohadas y ayudo a mi padre a recostarse. Lo cubro hasta el pecho con su sábana verde y le coloco en sus manos un plato de sopa. Frente a la cama está el espejo. Mi padre no soporta mirarse. Ha perdido 25 kilos desde que le dispararon. Cuatro cirugías no lo han restablecido. Se observa el pelo desaliñado, su cicatriz que va desde el proceso xifoides hasta hipogastrio. Tantos procedimientos quirúrgicos han hecho que no se le distinga el ombligo. Se pueden contar gran parte de sus costillas y sus clavículas pueden ser utilizadas para estudiar la exacta forma en S itálica que poseen. Su constante pérdida de grasa y masa muscular hacen relucir orejas enormes y ojos hundidos. Es perfecto. Mi madre a veces lo observa y llora. Yo lo observo y río. Desde el disparo cada quien ha asumido un rol como sentencia de vida. El mío es ser valiente. No tengo otra opción.

Mi padre desvía la mirada del espejo y me observa fijo, buscando siempre un consuelo que le diga que sus condiciones van mejorando y que de repente, hoy lo veo más gordo. Asiento con la cabeza y veo el recuadro que hay en la mesa de noche. En esa foto, él tenía 80 kilos. Junto a la foto hay cientos de medicamentos diminutos. Un frasco de omeprazol como protector gástrico. Un espirómetro para mejorar sus pulmones. Plastul tópico para cicatrizar la herida. Tijeras, gasas, esparadrapos, y casi al borde de la mesa, su celular.

Pese a la condición cercana al encamamiento en que se encuentra mi padre, siempre se ha mantenido actualizado en tecnología. Tiene un ZTE y de vez en cuando, el día que más confía en mis miradas de aliento, se toma selfies y publica fotos en facebook con la descripción: Bien y mejorando.

Tomo en mis manos el plato de sopa que por obra de los santos está vacío. Mi padre ha podido comer hoy. Me dirijo al closet para buscarle una pijama y me doy cuenta de cuánta ropa sin usar hay ahí. Ha cambiado de talla y nadie ha tratado de rehacer su armario. Escojo un bóxer gris y una camisilla blanca. Mi padre asiente y entiendo que con eso basta. Le ayudo a colocarse la ropa y me retiro de la habitación. Una vez salgo, entra mi madre. Es rubia y hermosa. Luce de 33 años y tiene 48. Todos mis compañeros de clase la admiraban. Yo la admiro ahora. Ha tomado en sus manos todos los negocios de mi padre y ha salido a flote. No tiene título universitario y sin embargo, dirige en su totalidad la empresa, maneja los bancos y sobre todo, no se queja mas que de sus piernas adoloridas.

Sin haber ido a la universidad es contable, gestora y administradora. Es maestra. Nos enseña cada día cómo seguir adelante a pesar de todo. Con la situación de mi padre se pone nostálgica. Tienen 25 años casados y nunca pensó ver al amor de su vida en esa condición.

Dejo el plato en la cocina y tomo mi Ipad de la mesa. Me dirijo al fondo del pasillo, a la derecha. No está el baño como en muchas otras casas. Está la habitación de mi hermana. Ella es 5 años mayor que yo pero luce como si tuviera 5 menos. Todos aquí lucen más jóvenes de lo que son excepto yo. Recuerdo que una vez salimos a pasear y alguien me preguntó si yo era la señora de la casa. Fue un trauma.

Su habitación es cómoda y si ella no está presente puedo dormir ahí. Me tiro en la cama de un salto y el rosario colgado detrás de mí tiembla. Ella no es muy religiosa. Es psiquiátrica. Mi padre le regaló el rosario hace muchos años porque ella tenía pesadillas negativas que atentaban contra su vida. Desde entonces se ha recuperado pero nadie confía del todo.

Sostengo el rosario hasta que deja de temblar. Escucho unos pasos que se acercan y decido pararme. Ya se acabó la felicidad. Mi hermana siempre llega dando órdenes como si estuviera en un castillo y el resto fuéramos sus sirvientes. Me grita por todo lo que hago y por lo que dejo de hacer. Es mi antagonista. Ella es la mujer que todo hombre desea y la persona que yo más aborrezco. ¡Es que nadie la conoce como yo!

Me retiro de su habitación dando zancadas y voy justo al frente… a mi habitación. Mi hermana menor, a quien le llevo 5 años está durmiendo en mi cama. Tres hijas. 25, 20 y 15 años. Mi madre ha sido dos veces primigesta funcional. Todo planificado; excepto el disparo.

Justo al lado de mi cama está la cama de la pequeña Rose. A nadie le gusta dormir ahí. Tenemos años durmiendo juntas con tal no usar la otra. Ella ocupa casi todo el espacio.

Lo que se supone sería su cama, está cubierto de ropa sin organizar, limpia y sucia. Hay utensilios de medicina, cuadernos, mochilas, lápices, computadora… todo lo que no tenga sitio fijo, está ahí. Ella es mi agonista, mi cómplice, mi persona. Siento que ella está viendo mis pasos y por ella piso firme.

Rose es bella como mi madre. Su pelo le llega a la cintura y tiene frenillos que la hacen más especial. Le encanta el baile, duerme porque está cansada. Está cansada de bailar. Me doy cuenta de que estorbo en mi propia habitación y decido prepararme un café. Apenas empieza a hervir vuelvo a escuchar pasos detrás de mí. Todas las chicas de la casa quieren un poco. Soy feliz aquí.

Volver arriba